Hola, ya es Abril

No me ha comido un tiburón, ni me he caído del hidroavión, ni he decidido encadenarme al dhoni (que es un puñetero barco de los de toda la vida, pero que queda guais llamarlo así porque parezco un Nepomuk de mundo), ni tampoco me enterré en la arena de nuestra beach y todavía no he sido encontrado. No. No ha pasado nada de eso. Llevo en Madrid ya uno…dos…tr…un montón de días. Pero he trabajado mucho, he estudiado mucho, he jugado mucho a dar patadas de taekwondo con María y no me he sentado aquí a ordenar mis post-it del viaje. Cada vez que me asomaba al “favoritos” del navegador y veía ahí los nepomundos esperando, pensaba “aún no, que no he ordenado mis post-it”, pero esta tarde cuando subía de abajo (frase muy mía) de dejar el casco de la moto, me he acordado de que soy el alcalde y único habitante de este pueblo y puedo hacer lo que quiera, así que me he pasado la casilla de salida por los huevos, y aquí estoy. Con mi montoncito de post-it de Maldivas pinchados pegados a lo largo y ancho de todo el tablero de corcho que hay sobre mi mesa. Son un despropósito, igual que los del viaje que hicimos a China, pero esta vez no voy a darlos por perdidos, porque me lo pasé muy bien escribiéndolos. Cuando me lo paso bien haciendo algo, nunca lo doy por perdido. Soy un chillón de felicidades. Siempre lo he sido. Un chillón de felicidades y un mudo de tristezas. Ahí estoy bien hecho ¿ves? en lo demás no, pero en eso sí.

Post-it 1 al chimpún:

Me he traído de Maldivas una minibotellita de naúfrago rellena de arena de la playa. La he tenido que enseñar en los controles para que vieran que no era para fabricar una minibomba, lo cual me ha parecido superlógico porque estoy moreno marrón-caca, tengo los pelos rubiosblancos fosforitos y sí que tengo toda la pinta de fabricar minibombas en Maldivas para exterminar la paz mundial. Cuando estaba en el Centro de menores nos llevaron a unos cuantos a una excursión a la playa de la Malvarrosa y me llevé de recuerdo un frasquito con arena y agua de mar. Yo aún mitificaba mucho mi isla y no distinguía que lo que de verdad me faltaba era mi nonna Agra, así que me pareció superimportante tener en mi repisa de la cama mi trozo de arena y mis mililitros de mar, pero al cabo del tiempo el agua me recordó que era algo vivo, y empezó a apestar. No me olvido de aquello, así que ahora cuando quiero recordar la playa, solo me llevo arena. Un señor canario en el aeropuerto de Dubai me ha visto jugar con la botellita de arena y me ha dicho que en el aeropuerto de Lanzarote obligan a los viajeros a dejar todas las piedrecitas volcánicas que se llevan de recuerdo, porque son un bien protegido de la isla. No me gusta que la gente que no conozco me cuente su vida, así que le he puesto cara de guiri que no entiende idioma, he sonreído y me he guardado mi arena de Maldivas. Jon K. ha venido a salvarme y ha mantenido con el señor canario una charla cordial de “pues nosotros venimos de blablablá y qué bonito estoylotro pero en España se come mejor”, y el señor se ha ido contento a su embarque. Soy un rancio en Dubai. Se lo he dicho a Jon K. y él me ha pasado la mano por mis pelos de estropajo. “No eres rancio, eres tímido.”

Soy un rancio tímido en Dubai.