Jueves de santo

Vengo de recorrerme medio Madrid en moto para ir a dar comida y agua a gatos de conocidos que se han quedado de Rodríguez (los gatos, no los conocidos). Soy el gatero mayor del reino. Gatoman. Voy volando por las calles desiertas con mi mochila de camuflaje y mi casco del correcaminos. Y cambio aguas, hago caricias, limpio areneros, vigilo vomitonas… En uno de los apartamentos, me habían dejado una nota con un «Gracias, coge lo que quieras ¡hay cerveza en la nevera!» y un emoticono sonriente. No tenía sed, así que he cogido una canica de un frutero enorme lleno de canicas que había a la entrada. Igual ha sido tomarme el «coge lo que quieras» demasiado al pie de la letra, pero es que me encantan las canicas, y las cosas redondas en general. Por si acaso, he avisado de mi robo con un whatsapp. Soy un ladrón penoso, ya lo ves. También he pasado por casa de Jokin y de Gus y me he traído a casa al perro salchichón II. Ellos están en Tailandia. El perro me lo ha sacado la madre de Gustavo con cara de asco. La he imaginado mirándoles todos los cajones en busca de fotos sexuales o algún otro rastro de vicio. Cuando odiamos sin razón nos esforzamos mucho por conseguir pruebas. Pero no creo que consiga ninguna porque Jokin y Gustavo son como pin y pon y su amor es de los que quedan bien en cromos y películas. Si fueran nuestros cajones otro gallo cantaría. Ahí la pobre mujer podría morir de un ictus católico. Será mejor que hagamos una hoguera con todo eso cuando estemos cercanos a la muerte, porque como alguien tenga que hacer recuento de bienes para la herencia y encuentre todo eso… lo va a flipar pero bien. «A mi estimado hermano, le dejo mi reloj de oro, el anillo de papá y las fotopollas que hay en el cajón de los calcetines.» Oh…qué bonito sería.

No, Jon no tiene reloj de oro. No es que sea Bertín Osborne ni nada de eso. Lo he dicho por decir.

El perro salchichón II se ha puesto contento de verme. Creo que ha sabido que venía a liberarle.

Post-it 2 Maldivas al chimpún:

No he podido corroborar mi teoría de los azafatos gais para que Jon K. se rebote y me llame homófobo porque en el avión no hay azafatos. Solo chicas sonrientes y dulces con gorritos cuquis. Considerando que volamos con Emirates ya contaba con que a los azafatos gais probablemente los tiraran al océano en pleno vuelo al grito de Alá es grande, pero al menos alguno heteroimpostor sí que esperaba encontrarme. Pero no. Ni uno. Ni azafatos, ni casi pasajeros, porque ahora mismo en este pasillo somos seis personas contando nosotros dos. Nunca había volado en un avión para ricos. Tengo un sillón envolvente color prepucio de camello y una televisión para mí solito con mogollón de canales intrascendentes para que, por primera vez en su vida, Jon tenga un vuelo tranquilo y silencioso. Creo que cuando hablan de la magia de Oriente, igual se refieren a esto.

Me he cargado mi televisión. Igual estaba yo cantando victoria demasiado pronto en cuanto a lo del vuelo silencioso.

Jon me ha cambiado el sillón para que pueda ver su televisión y me he puesto un canal de tiburones. No ha sido la mejor idea de mi vida considerando que voy en viaje de buceo, pero con la suerte que estoy teniendo, temo terminar sintonizando una peli de accidentes aéreos. No quiero hacerme pis encima en un avión de ricos. Queda feo.

La azafata nos ha ofrecido una bebida y Jon ha pedido dos copa de champagne. Le he mirado con mi cara de lemur con susto, pero resulta que las copas están incluídas en el billete. Después del champagne me pediré ocho gintonics y así los accidentes aéreos con tiburones asesinos empezarán a importarme un huevo de pato.

Me he cargado la televisión de Jon. Como no llegue pronto el champagne, es más que posible que termine siendo yo el que sea tirado al océano en pleno vuelo. O eso, o me veo recorriendo todo el avión de asiento en asiento y cargándome televisión por televisión.

Ha venido la azafata dulce del gorrito cuqui con nuestras copas de ricos y Jon me ha arreglado la tele. No estaba del todo rota, solo mal manejada, porque tengo la sana costumbre de usar todos los botones del universo como si fueran los de la playstation. Me he bebido mi copa como un avestruz y me he pedido otra (otra copa, no otra avestruz), porque estamos atrás del todo y los otros cuatro pasajeros no pueden verme ni descubrir que en realidad soy un zampabollos pobre infiltrado. También me he comido las galletitas saladas que nos han puesto como si no hubiera un mañana y a dos manos. Los infiltrados somos así. Comemos con prisas. Fuera se ha hecho de noche, y en el techo se han encendido unas lucecitas que semejan a un cielo estrellado. El alcohol me empieza a hacer cuchicuchis así que me estoy llenando de amor por Jon K. que me trae a estas cosas tan bonitas que no estaban para nada a mi alcance. Soy bastante feliz. Todo esto es muy romántico y muy de unicornios y arcoiris. Será mejor que rompa la magia o terminaré llegando a Dubai convertido en teletubbie.