No encuentro el post-it del hidroavión, pero dame tiempo porque sé que lo tengo

He pasado unos días muy preocupado por un amigo que había desaparecido. O yo creía que había desaparecido. En realidad, solo se había dejado el móvil en un hostal y pasado de mí a tope. Ambas cosas en ese orden. Yo también tenía que haber pasado de él, pero le quiero y es una persona importante para mí, así que no lo hice y me he pasado dos días sufriendo en vez de dedicarme a ordenar mis post-it de viaje y a pasar a tinta mis comics. La verdad es que pensé que se habría estampado dentro del sidecar, y estaría tirado en alguna morgue de provincias con una etiqueta en el dedo gordo del pie que pusiera “desconocido.” Soy muy peliculero imaginando dramas. Ahora pienso en mi amigo importante que pasa de mí y me siento completamente gilipollas. Estuve a un tris de pedirle a Jon K. que usara sus contactos de la guardia civil para localizarle. Menos mal que no lo hice. Al menos he evitado que fuéramos dos gilipollas en vez de uno. Le he silenciado en el whatsapp. Le dejaré así un par de meses. Es mi venganza de juguete. Y todo esto me pasa por tener pocos amigos. A los que tengo suelo quererlos incondicionalmente, y eso no siempre es una buena idea, digan lo que digan los anuncios de cerveza.

Mañana operan a Jon para quitarle el lipoma de la rodilla. Es ambulatorio y sin importancia, pero le van a sedar, así que tengo que ir con él para asegurarme de que lleve abrochados los pantalones antes de levantarse de la silla de ruedas. Le he dicho de dejar el coche en la puerta, pero se siente perfectamente capaz de caminar hasta el parking de Malasaña con seis puntos en la rodilla, así que no tengo todas conmigo de no tener que recorrerme mañana cinco manzanas arrastrando a un vasco gigante de los sobacos. Pero bueno. Es lo que toca. En lo bueno y en lo malo, nos dijimos en el ayuntamiento de Zarautz. Y la verdad es que aún le debo aquellos viajecitos en volandas que me hacía escaleras arriba/escaleras abajo cuando me rompí el tobillo pisando un gato.

Post-it Maldivas al chimpún:

Vamos a tener tres inmersiones diarias. Las primeras las haremos a máximo 10-12 metros en el Thila, que es toda la zona del arrecife que mantiene esa altura sobre la superficie, y más adelante, ya más habituados, nos atreveremos con los 20-30 m. para buscar los pecios hundidos y poder localizar al preciado y anhelado tiburón ballena, que no sé ni lo que es, pero que todo el mundo quiere verlo, así que me lo imagino más o menos como la Nicole Kidman (*) del mundo pececil. Jon me ha estado contando durante la comida que según el nombre de la zona dónde vayamos con el barco, podremos saber qué tipo de inmersión vamos a hacer, porque cada prefijo o sufijo maldiviano corresponde a un tipo de arrecife o canal, pero yo sigo con jetlag y con dolor de cabeza, así que todo mi papel se ha limitado a asentir y a decir “aham” masticando la pizza de alcachofas con aire de camello y sin pillar ni cacho de nada de lo que me estaba diciendo. Salvo lo de Thila. Lo de Thila lo he recordado perfectamente porque será esa precisamente la infusión que me tome cuando vayamos a lo de la inmersión nocturna para despertar tiburones (viva la nemotécnica).

No he comido unas pizzas más deliciosas que las que hay en este buffet. No importa lo que lleven. Ya sean alcachofas, alcaparras, pastrami o pechugas de ñu,  todas están espectaculares. No sé si porque el resort es italiano, si porque yo soy italiano, si porque los cocineros son italianos, o si porque, simplemente, tengo tal descoloque cerebral (italiano) que hasta darle un lengüetazo al delfín de cerámica de la recepción, me sabría delicioso.

(*) No sé por qué he dicho Nicole Kidman. Ni siquiera me gusta. Creo que sigue siendo el jetlag. Igual podría haber puesto Leticia Sabater y quedarme tan pichi.