El lipoma espartano

Me da rabia no haber podido ayer ni hoy sentarme aquí tranquilo a contar cosas con el cierre del día, como siempre. Pero han operado a Jon para quitarle el lipoma de la rodilla y ahora está convaleciente en casa con nueve grapas en su pata chula, así que hoy he tenido que volver a hacer malabares para cumplir con trabajo, estudio, niños, cenas y ensayos del grupo. Ahora acabo de terminar el último “mandao” (frase muy de matriarca de clan) y me he sentado estos dos minutos. Dos. Solo dos, porque todavía tengo que acostar a María otras dos veces más (que vienen a ser las veces que se hace la dormida para que me vaya de la habitación y luego se levanta a pintar pulpos), que plancharme la ropa de mañana (ay, qué bueno me he vuelto con los 28) y que ayudar a Jon a subir la escalera y a ducharse (cosa que ya resulta bastante más agradable, para que nos vamos a engañar…). Por ahora no tiene muchos dolores. Le mandaron nolotil en ampollas y ahí está toda la caja enterita tal cual. Dice que no le duele tanto como para medicarse. No lo entiendo. Yo nunca espero a que algo me duela “tanto como…” Yo me drogo y punto. Las drogas son buenas. Las drogas son nuestras amigas. Ahí se me nota bastante lo de no tener sangre espartana. Jon dice que si está mejor, el lunes se va a trabajar. Con sus nueve grapas en la pierna y dos cojones del tamaño de Albacete. Tendré que inventarme algo de aquí al lunes para impedirle la salida. Le volveré a pedir la hormigonera a mi cuñado o algo.

También, y sin tanta cuchufleta, dejo constancia escrita de que nuestra perra Birra ya no está en la tribu. La semana pasada empezaron a colapsarse sus riñones y el veterinario nos dijo que ya todo iba a ser ponerle parche tras parche para un desenlace inevitable, así que hicimos lo que teníamos que hacer y en el veterinario de urgencias la sacrificamos. No quise asomarme por aquí a contarlo, ni a llorar, porque hay dolores que vienen con ganas de silencio, y ese día me tocó uno de ellos. Cuando volvimos del veterinario, volví a cumplir con mi ritual de hacer desaparecer todas las cosas que me recordaran a ella, pero todavía está su carrito en el garaje, en el maletero de la furgoneta. Un día de estos que no me sienta especialmente gilipollas, lo llevaré al albergue para que algún otro perro pueda hacer uso de él y sigamos haciendo girar el ciclo de la vida. Que al fin y al cabo es lo único verdaderamente importante y significativo de desaparecer. Que detrás de ti siempre vengan otros.

Madre mía, cuánta pedorrez filosófica estoy destilando. Vale, mejor me voy. Hoy no deschincheto nada de Maldivas.

Me he comprado una chaqueta militar. Tengo una pinta completamente absurda porque me está un poco grande y tengo que llevar las mangas enrolladas, así que parece que se la haya robado a mi hermano mayor en el campo de batalla. Me encanta. Mañana me la llevaré al trabajo en un acto de terrorismo premeditado y alevósico contra mi jefe calvo y multigris.