Todo en calma en el OK Corral

Estaba pensando que mi gato Hocus Pocus es un poco antisistema. Un poco punk. Con quien no tiene que meterse, se mete. Lo que no tiene que hacer, lo hace. Lo que no debe comer, se lo come. En cierto modo es como una especie de María, hecha gato. Ese tipo de ser vivo tiene un lado bueno, y otro malo. Son agotadores y bailan mucho con tu paciencia, sí, pero por otro lado, parecen absolutamente inmunes a la tristeza, la melancolía o la desesperanza. Ya… ya sé que es una gilipollez de piano ponerle sentimientos humanos a un gato. Pero empiezo a pensar que existen gatos apasionados y gatos nihilistas. Hocus Pocus parece adaptarse perfectamente al ambiente que le rodea, sin más chimpún. Si estaba Tequila, jugaba con Tequila. Si está Peyote, juega con Peyote. Si Tequila y Peyote se atacaban, él se limitaba a escupir fus-fus-fús y a quedarse esperando a que terminara aquello. Su alter-ego, María, permanece en la misma postura vital. Si hay lentejas, qué ricas lentejas. Si no hay, pues no hay. Si me meto una hostia, pues vaya hostia me he metido y tirando p’alante. Siento un poco de envidia en ese zen espontáneo. En esa ausencia de… ¿miedo?

He soñado que veía desde una ventana ahogarse a tres perros en un río enfurecido y no hacía nada para evitarlo. Que no bajaba , que no me metía en el agua, que no intentaba sacarlos y que solo miraba cómo luchaban en el agua y cómo se iban hundiendo, sin decidirme a actuar. Muy significativo, ese vaciado de mi subconsciente. Pero se podía ir un poco a la mierda, la verdad.

Ha venido mi suegra a verme esta mañana y me ha traído sopa de marisco. Me hace los ea-ea con comida. Mañana le compraré flores. No tengo más madres para regalar cosas, pero esta que me apareció por birli-birloque no está nada mal, la verdad.