Chulapos

Mis reyes de la castañuela tienen la función este sábado y ya están atacaditos. Me he sentado a lo sioux encima de mi mesa de profesor (que nunca he entendido qué coño hace ahí) y les he intentado explicar que tienen aaaaaaaaaaaaaaaaaaños por delante para preocuparse por cosas importantes de verdad, pero en mitad de la charla ha entrado una de las profesoras de canto a pedirme un formulario y su mirada gélida de “vaya ejemplo que das ahí sentado en la mesa como un porrero” me ha cortado todo el rollo. Cuando me pasan cosas de estas, me pregunto qué demonios haré dando clase a niños de 11 años, si yo mismo no soy capaz de respetar ni la más mínima norma. Pero luego hacemos nuestros quince minutos de bailes al chimpún y con la risa se me pasa. Aún así, creo que para el año que viene no renovaré. Demasiadas cosas. Demasiado tiempo. Demasiadas noches en blanco, para poder sacarme los exámenes. Por algún sitio tengo que podar.

El viernes tenemos que llevar a María vestida para San Isidro y hemos decidido que este año vaya de chulapo. Con eso hemos hecho dos dianas con una sola flecha. Ella, feliz porque lleva gorra y todo lo que sea ponerse un gorro la colma de dicha absurda, y nosotros, felices de no tener que pasarnos 45 minutos sujetándola el pañuelo clavelero a sus cuatro pelos disparados de recluta con epilepsia. Además contamos con la ventaja del pantalón, porque una María con pantalones es una María que no enseña las bragas al universo arremangándose las faldas para trepar (su segunda afición favorita, después de lo de los gorros) a los árboles y columpios. Moraleja: vestimos a la chulapa de chulapo y el universo mejora. O al menos, el nuestro.

Vienen lluvias y 10 grados menos. No sé por qué me meto tanto con Mayo. De vez en cuando, es buen chaval.