El mono en primavera

Llevo todo el santo día folleteando como un conejo. Sé que no es un comienzo de post muy elegante, pero es la verdad. No sé qué nos pasa. Mi suegra se llevó a los tres niños a la finca a pasar el sábado y nos llamaron por la noche para decirnos que se quedaban a dormir. Pedro se había llevado su mochila-equipaje, así que nos despreocupamos. Y Jon dijo “hagamos algo especial ¿no?” y yo contesté “algo especial, sí.” Y entonces él se quitó la camiseta y me puso el dedo en los labios.

Y así hasta ahora.

Con tres pausas: comer, dormir y Eurovisión.

Tenían que haber sido cuatro, porque yo TENÍA que haber estudiado para los exámenes de la semana que viene, pero la resistencia me duró menos de una vuelta de reloj. Realmente, no sé qué nos pasa. Igual convivimos con una distancia pacífica, que nos comportamos como mandriles en celo. Él me provoca y yo le sigo. Hay por ahí una frase que dice “deja tu lujuria un mes, y ella te dejará a ti tres.” Creo que también funciona a la inversa. O eso o la primavera sirve para algo más que para estornudar.

Sigue dejándome con cara de lemur cada vez que se quita la camiseta. No sé si es bonito o trágico. No parezco haber evolucionado mucho desde que iba a las pistas del Canal solo para olisquear su rastro, como un miniperdiguero. Jon tiene un olor sexual. No sé en qué consiste. Pero le hueles y solo quieres morderle, hacerte un hueco y quedarte a vivir allí. Si algún día me deja, necesitaré concentración de samurai para poder fingir indiferencia y mantener dignidad en la derrota.

Mientas escribo esto pasa a mi lado y enreda los dedos en los mechones de mi nuca. Y se inclina sobre mí y me susurra “¿qué haces?”

Y entonces yo dejo de escribir este post.