Mayo a ratos

Este viernes tenemos la función. En estos momentos tengo a 12 niños atacados de la vida. En los ensayos de hoy no han conseguido dar ni un paso a derechas y uno casi hace vuelo sin motor desde el proscenio por no calcular bien donde pisaba. Le he cogido prácticamente al vuelo, cuando ya casi aterrizaba sobre el patio de butacas. Todo muy maravilloso. Iba a haberme llevado la guitarra para ensayar con ellos técnicas de esas tontas de biodanza para relajarse, pero Peyote se me ha meado dentro de la caja (qué majo) y como nadie se relaja de nada bajo un tufazo de pis de gato, he tenido que dejar mis técnicas jipilongas relajantes para mañana y dedicar el día de hoy a conseguir que no se maten, ni se salgan de foco. Lo primero lo he conseguido, lo segundo no. Al contrario. Toda mi función es una sarta de niños saltando a oscuras, mientras los focos alumbran un maravilloso trozo de nada. Le he dicho a mi segundo (tengo segundo en las funciones, jatetú qué nivelazo absurdo estoy tomando) «como anuncio de parquet queda guay» y se ha angustiado un poco. Ha empezado a contarme nosequé de mover la disposición de los focos y mezclar con iluminaciones de nosecuántos. Yo he dicho «ah, sí, sí… buena idea» para parecer que soy un director-coreográfo superprofesional, pero en realidad no he entendido una mierda, así que espero que en todo este asunto mi segundo sea bastante menos pasota que su primero. Lo cierto es que sus fallos no me angustian una puñeta. Son niños de 11 años, no el cuerpo de Chorus Line. Si lo hacen bien, estupendo, y si no lo hacen bien, pues estupendo también. Ellos seguirán con su líos de prepúberes, sus padres con sus móviles y tablets grabando como poseídos y yo con mi gato meaguitarras. La vida sigue. Afectémonos por lo importante.

Por ejemplo… ¿te acuerdas de la reunión de exalumnos que tuvo Jon este invierno donde todo un nutrido grupo de amigos y excompañeros me vio en pantalla grande lucir bata y pijamita absurdo? pues este sábado hacen una barbacoa en el chalet campestre de uno de ellos, y hemos sido invitados. Y allá que me voy. Cómo no voy a ir. Si me mira con esos ojitos de mamut tierno y me lo pide con cuchicuchis: «Me gustaría TANTO que vinieras conmigo…» Pues voy, claro. Quién dijo miedo. Pijamas de dibujitos a mí. Ja.