Los domingos que se escapan

Ahora mismo, a las 20:00h. del domingo, empieza realmente mi fin de semana. La noche del viernes perdida en el estreno de la función de mis alumnos, el sábado entero perdido en la comida (convertida en merienda y cena) campestre de los excompañeros de Jon, y la mitad del domingo perdido en una comunión de familia política de segundo orden, en una galaxia muy, muy lejana.

Esta  mañana me he despertado con una hemorragia ocular en el ojo izquierdo. Jon K. me ha tomado ya la tensión unas 28 veces porque mi suegra le ha dicho que eso era un pico de tensión arterial. Yo creo que simplemente es la resulta de haberme quedado sin fin de semana. Ahora mismo acaban de llegar los gigantes del rugby a ver el fútbol en casa. Ha subido Jon a la buhardilla a darme un abracito pacificador y culpable. “Perdóname, mosquito. Gracias por tu paciencia. El fin de semana hacemos todo lo que tú quieras.” Ah bueno, yo lo tengo fácil. Quiero quedarme en mi casa, comiendo pizza, viendo pelis y jugando a videojuegos. Fíjate. Así de asquerosito y sencillo soy.

La comida-merienda-cena de ayer no estuvo mal, pero estuvo mejor para todos los demás miembros de la tribu. María, Pedro, Simón y Jon se lo pasaron pipa jugando al baloncesto, pinpong, badminton, fútbol y billar. Yo me limité a hacer lo que hago normalmente cuando hay demasiada gente desconocida para mí: desaparecer. Me sumé a los grupos con una sonrisa cordial, unas gafas de espejo y un complaciente lenguaje de silencio y monosílabos. Conté hasta nueve machos alfa dispuestos a entretener a la manada a base de bravuconería payasa y hasta ocho hembras beta dispuestas a mantener una conversación de 45′ sobre el disgusto de tener vasos de diferente clase en el armario de la cocina. Así que entré en formato tortuga-amistosa y así me mantuve hasta que nos fuimos. Mientras Jon y los niños jugaban su último partido de pinpong ya sin ver apenas la pelota porque anochecía, una chica me soltaba todo un discurso de por qué era mejor Pedro Sánchez que Susana. Admiro esa seguridad de la gente desconocida que se descubre políticamente, o emocionalmente, o cualquier cosa que acabe en -mente, sin miedo a lo que estarán pensando o sintiendo sus interlocutores. Yo no soy de esos. Nunca jamás me enseño ante gente desconocida. De hecho, no suelo enseñarme ni siquiera ante la conocida. Tardo meses e incluso años, en hacerlo. Y no lo hago hasta que no estoy absolutamente seguro de que quieren escucharme. Siempre pensaré que lo que digo o lo que pienso no le importa a nadie. Es un pensamiento que siempre irá delante de mí. Marcándome por dónde pisar. Nunca he podido evitarlo y creo que ya es tarde para hacerlo.

Jon no es así. Jon habla, y habla con quien sea y de lo que sea. Y se abre, y se muestra, y comparte. Sin ningún problema. Veo como evolucionan María y Simón y la verdad es que me alegro por ellos de que sean como él y no como yo. Los que son como yo nunca dominarán el mundo. Lo tengo claro.

Meridianamente claro.