Aguas con gas

Ya he ido a la endocrina (fíjate y parecía que faltaba tanto…). Ya no está la bruja francesa, ahora hay otra más mayor que parece menos seca y que se da un aire a mi suegra. Sobre todo en lo de mandar. Me ha dicho que lo mío es un plan a largo plazo, y que no puedo pretender solucionarlo en dos meses. Que empecemos despacio, y que si un mes no avanzamos, al menos procuremos no retroceder. Me ha gustado eso. Un plan tranquilito. Eso. Eso es lo que necesito. También me ha dicho que eran importantes dos cosas. 10 minutos diarios en la elíptica (aquí es donde me he arrepentido de decirle que tenía una elíptica) y un diario de alimentación para escribir todo lo que como, y ver cuándo me salto el régimen y por qué motivos exactos me lo salto. “Si empiezas a descubrir tus puntos débiles, podrás esquivarlos más fácilmente.”

No sé si realmente necesito un diario de alimentación para descubrir mis puntos débiles. Casi que puedo ponérselo directamente en el título “Ariel Serlik: historia de un zampabollos.” Pero bueno. He decidido que voy a sorprender a todo el mundo, y lo voy a seguir a rajatabla hasta la meta, que está, más o menos, en unos 20 kilos más de los que peso en este momento (tenme compasión). Por ahora tengo un papel con una dieta que debo seguir durante las próximas tres semanas. Y no, no es guay. Es gris y aburridísima y no me dejan beber refrescos de ningún tipo (guardemos aquí un minuto de silencio por tantas y tantas latas de fanta robadas a la máquina del trabajo). Solo agua y batidos de proteínas a cascoporro. Y avena. Avena como para parar un tren. Yogur con avena, leche con avena, pan con avena, fabada con avena…

Venga, Ari. Tres semanas. Tres. TRES.