Calistenia

Llegan las noches y me cuesta cenar. Cenan primero los niños y cuando me toca hacer algo para mí, me quedo embobado mirando la nevera abierta sin que me apetezca nada de lo que veo. Antes me lanzaba a las pizzas congeladas y las bolsas de nachos como si no hubiera un mañana. ¿Me habrán anulado algún tipo de sinapsis cerebral con tanto batido proteico y he perdido para siempre la ilusión por las gorrinerías? Definitivamente, necesito largarme al norte unos cuantos días a reencontrarme con mi yo zampabollos. Si no, veo que terminaré siendo uno de esos pedorros que levantan con carita de asco el pan de su hamburguesa para asegurarse de que el camarero ha seguido sus 85 instrucciones.

Jon lleva unos meses practicando una modalidad deportiva que se llama calistenia. Me encantó el nombre cuando me lo dijo hace una semana, porque se sonaba a griego antiguo y arte en movimiento. Pero eso fue hace una semana. Ahora lo odio profundamente, porque Jon quiere arrimarme a su orilla y en las carreritas montañesas nocturnas, ha añadido unas cuantas planchas de esas de quedarte paralelo al suelo apoyándote en los codos mientras tu abdomen te grita desde el ombligo que por qué cojones le haces eso. Odio las planchas. No tanto como los lunges de cuando practicaba crossfit, pero vamos… está cerquita. Él no para de decirme que reforzar la zona abdominal y lumbar es muy importante para mis dolores de cervicales y no te imaginas lo que odio que tenga razón. Porque la tiene, claro. Llevo exactamente una semana sin dolor de espalda, ni de cuello. Justo el tiempo que llevamos con la mierda de las planchas.

Planchas, lunges, crossfit, calistenia… Un contable. Búscate un contable en tu vida. Gordito, calvete, apacible y hogareño. Que no sepa de lunges, ni de puñetas. Que te diga “¿hay que ir hasta la cocina? uy qué pereza…” No te busques un Jon. Ese siempre aparecerá cuando más agustito estés en el sofá, luciendo abductores y biceps (él, no tú. Tú de eso no tienes), dando saltitos de carrera y mirándote ferozmente al grito de NO VEO QUE LLEVES PUESTO EL CHÁNDAL, SOLDADO.

Te ríes ¿no? Sí, yo también me reía. Pero eso era antes de que llegaran las planchas.