Volando vengo-vengo

El jueves de la semana que viene es el cumpleaños de Pedro. Queríamos montarle una fiesta sorpresa, pero las sorpresas siempre son un poco así para los asperger. De hecho, el mundo en general es un poco así para los asperger. Igual preparamos un escenario-fiestón con globos, música, confetti, medianoches de jamón y un Batman saliendo de una tarta de coco (igual esto casi más para mí que para él) y en el momento del “¡SORPRESAAAAAAAAAAAAAAAAA!” él se da media vuelta, coge unos ladrillitos de la caseta y un poquito de cemento y se nos autoempareda directamente en el armario de su habitación. Con un asperger nunca se sabe y difícilmente se acierta a la primer. Pero como somos nosotros y lo de no acertar a la primera lo llevamos bordado en el blasón familiar pues… le vamos a hacer una fiesta sorpresa. Sin Batman (mecachis) pero con globos y tarta. Y los amigos que podamos juntar. Y novia. Y unos cuantos juegos de gymcana-puteo tipo “encuentra la llave de dentro de una de estas empanadas de bonito sin usar las manos y abre el armario donde está la pista de tu regalo.” En otra cosa no, pero lo que es putearnos, Jon y yo somos absolutos expertos nivel advanced. Hace un rato hemos hecho una apuesta sobre a ver quién aguantaba más tiempo subido en la hamaca de colgar y ha faltado bien poco para acogernos al divorcio exprés. Porque me da la risa floja cuando me agarra de la cinturilla del pantalón y me pone a volar, que si no ya se había llevado más de una patada amorosa en los belfos. Yo que hoy aún me estaba recuperando del partido de rugby (últimamente estoy en formato lemming) y de la tunda que me llevé entre todos los gigantes que no eran molinos, y ahora me encuentro haciendo aterrizajes forzosos sobre el aligustre. ¿Cuánta más humillación puede soportar un pobre lemúrido como yo?

Pues un poco más, porque hoy ha llegado mi bañador verde botella y tenías que verme con él puesto. Parezco un gusiluz con avitaminosis.