Arrastrándome voy, arrastrándome vengo

Se me ha roto la bicicleta y dentro de treinta y tantos días es mi cumpleaños. De esas casualidades de la vida que te hacen pensar si estamos seguros de que no existen los dioses. Pude haberme pegado la castaña de mi vida, porque se me partió de cuajo el cuadro y me quedé pedaleando sobre la nada, pero ese no era mi día y pude solventarlo todo con un par de saltitos ridículos estilo “melapego-melapego-melapego-ahpuesno.” Ahora echo mucho en falta mi bicicleta y tengo que bajar la carretera hasta El Pardo en monopatín, como un absurdo, porque sacar la moto para 5 minutos de recorrido me da la pereza de la muerte. Tengo el hoverboard que me regaló Jokin en el garaje, pero si bajar en monopatín es de absurdos, imagina bajar subido en el hoverboard. Eso ya es de mamarrachos absolutos. Así que nada. Monopatín y ajo y agua hasta que algún ángel de la guarda de Gasteiz me regale una bicicleta de cumpleaños. Hoy por hoy no puedo comprármela. Descontando facturas, matrículas, médico, veterinario, visa y puñetas, mañana cobraré una nómina de 50 euros. Maravilloso, maravilloso. Que no pasa nada, porque julio es el estupendioso mes de la paga extra y en quince días podré tomar aliento, pero aún así… para pocas bicicletas estamos a este lado de Nepolandia.

Los perros han vuelto a comerse la piscina hinchable de María. Ya está cerca de convertirse casi en un ritual familiar.