Crónica de martes

Segundo día de yupi-yey. Hemos desmontado la cinta de correr que me cargué (o Jon la ha desmontado y yo he prestado la misma atención al proceso que un abuelito viendo obras) y la hemos llevado al punto limpio. Creía yo que desmontada iba a ser menos pesada y más fácil de trasladar, pero no. Yo solo he llevado el tubo y ya me he dejado los riñones. Y Jon, que en lo que yo sacaba el tubo, ha sacado la plataforma, los conectores, la banda, el panel y la tornillería (yo voy despacio pero seguro) no se ha machacado nada, porque es espartano (ah-uh!) y los espartanos están para mover el mundo de un patadita en lo que tú terminas de morirte de tronchamiento multivertebral.

Después de echar todos los trastos en el punto limpio, que eso sí lo he hecho yo porque lo paso chupi viendo como ruedan cuesta abajo rombla-rombla-rombla-patapums, hemos ido a limpiar la nepojoneta y a comprobar ruedas, aire, aceite, agua, frenos y todas esas cosas importantes para el viaje que esconde un coche por dentro y que para mí son magia de hombre blanco. Luego la hemos lavado, la hemos aspirado para que pueda recibir gustosa los 453.000 ositos de goma de María rodando por sus alfombrillas, y la hemos dejado llenita de gasolina. Después hemos ido al Decathlon a comprar otra cinta de correr y hemos terminado comprando una bicicleta elíptica y otra de spinning (los Zeta-Serlik somos así), no sin antes ayudar a un señor a elegir unas pesas de balanceo, una tabla de surf y un neopreno. ¿Que si conocíamos al señor? DE NADA. ¿Que por qué le hemos ayudado? NO LO SÉ. Los Serlik no somos así, pero los Zeta sí. Los Zeta pegan la hebra con el primero que se les cruza, le cuentan su vida, escuchan sus problemas, se hacen amigos compitruenos para siempre y encima le ayudan a que surfee contento. Vamos… no han terminado intercambiándose sus facebooks de puñetero milagro. Y porque he fingido una sed repentina brutal y he logrado llevármelo rapidito hacia las isotónicas, que ya se nos estaba arrimando otra señora con dos máscaras de snorkel para ver si seguía abierto el consultorio de Gasteiz.

Después de pactar el envío de 1 bicicleta de spinning, 1 bicicleta elíptica y 0 cintas de correr, hemos ido a comer al Friday y he sido asquerosamente bueno pidiéndome una ensaladita de mierda (bueno, de pollo cajún) y un agua con gas, mientras Jon K. se bebía medio litro de cerveza, se comía medio costillar y se zampaba de postre un batido de vainilla. Aún con los bigotillos de vainilla debajo de la nariz me ha dicho «muy bien, Ari. Así. Tú sin azúcar.»

Como ya no quedaba suficiente batido en el vaso para ponérselo de sombrero, le he dicho que me llevara al Primark, porque me quería comprar un pantalón de chándal corto para la playa, así que con esas, hemos dejado la nepojoneta en casa, hemos cogido la moto y nos hemos ido hasta la Gran Vía. Con un par de huevos y un sol de justicia. Allí me he comprado mi pantalón corto, una camiseta, otra camiseta más, otra más, otra más y otras dos más. Jon, por aquello de no ser el triste del tándem, también se ha comprado un par de camisetas que ha procedido a probarse allí mismo sobre la marcha, para no tener que aguantar la cola del probador, y para alegría visual de las 650.000 personas que teníamos alrededor. Porque los espartanos también hacen eso. Se zampan un costillar y un batido de vainilla, pero luego se quitan la camiseta y se iluminan con un foco de luz celestial que baja repentinamente de entre las nubes refulgiendo sobre sus abdominales bajo una tenue música de trompetas griegas. Tú no. Tú te tomas una ensalada de mierda (y pollo cajún) y si te quitas la camiseta lo máximo que puede pasar es que anuncien oferta de bragas a 0,50 euros por megafonía, mientras alguien te empuja contra una percha.

Por dónde iba… ah sí. Que hemos comprado unas 85 camisetas y unos 28 pantalones por cuatro perras, y de tan contentos que nos hemos puesto, al pasar por una terraza de esas cutres de sentarte en mitad de la acera a chupar tubo de escape, Jon me ha dicho «venga, que te invito a un mojito» y yo he dicho «¿sí? ¿puedo?» y Jon ha dicho «¡claro, un día es un día, estamos de vacaciones!» Y yo he dicho «bueno, venga, solo uno pequeñito…» y el camarero ha dicho «Tenemos oferta de 2×1 hasta las 21:00h.» y Jon ha dicho «eso hay que aprovecharlo, pues.»

Así que nada. Me he bebido mis tres mojitos y los dos de Jon (porque tenía que conducir la moto)… hemos vuelto a casa… he tardado 18 minutos de reloj en desabrocharme el casco… hemos guardado nuestras 400 bolsas… hemos hecho un poco de sexo cochino antes de que venga mi suegra con los niños… y he venido a escribir este post

Y ya.