Ready Player One

Anoche falleció mi suegro. Había sufrido dos ictus el día anterior y estaba grave y eso nos llevó a recoger bártulos en Zarautz y volver a Madrid. No es que sirviéramos de mucho, pero había que estar con mi suegra. Cuando la abracé esta mañana en la incineración, la encontré muy entera. “Es el segundo marido que incinero. Al final hasta de la pena haces callo, Ariel.” Mi suegro era un buen hombre. Atento y alegre. Aún demasiado joven para terminar. Pensar en la muerte de los que he conocido, siempre me ha ayudado a llorar únicamente por las cosas importantes. Jefes que no te valoran, personas que no te quieren… qué demonios importará eso. Ahora yo puedo estar aquí escribiendo esto, bebiendo de mi botella de agua, sintiendo en la nuca la corriente de aire que entra por la ventana. Mientras estamos vivos, todo lo demás aún puede apartarse a un lado. Es una lástima que no todos podamos llegar a esa epifanía. Ahora ando preocupado por Pedro. Su relación con mi suegro era emocionalmente estrecha. Pasaban horas montando maquinitas y haciendo circuitos eléctricos. Por ahora se limita a mirarlo todo con su cara de nada y a contestarme con monosílabos, pero eso no se sale mucho de lo habitual, así que por ahora Pedro solo es Pedro. Para acercarme a él sin que sea obvio, le he propuesto leer juntos en voz alta Ready Player One, ahora que Spielberg la ha hecho película. No esperaba que aceptara mi propuesta, pero lo ha hecho. Hoy todos estábamos cansados para pelear por nada. Nos hemos tumbado en su cama y hemos estado leyendo los cuatro primeros capítulos. Parece bastante fascinado con el mundo Oasis y cada dos por tres, me hace interrumpir la lectura para buscar en el navegador de su móvil todos los juegos y datos a los que el libro hace mención, así que creo que he hecho diana a la primer. No sé cuándo empecé a conectar con Pedro. Ha pasado sin que me diera ni cuenta. Supongo que cuánto más te esfuerzas en alcanzar las cosas es cuándo menos las consigues.