Remeros

Lo bueno del miércoles es que me he pesado y no he perdido peso. Estoy en el mismo punto que cuando me fui. Jon K. me ha abrazado fuerte y he notado un leve craj en las costillas. Jon K. no sabe dar abrazos flojitos. Cuando te quiere, te quiere con todo. A lo bruto. Sin guardar ni una miajica para luego. Nada. Todo él en entrega absoluta abrazándote con la fuerza de ocho gorilas, uno encima de otro. Me he tragado mi “ay…” asfixiado. Sé que lo pasó muy mal cuando adelgacé los 17 kilos. Veníamos de la neurocirugía y todo era bastante obscuro, en el sentido de que podía ser normal o podía no serlo. Llegó a leerse decenas de libros sobre nutrición y trastornos de la alimentación. Recuerdo aquellas noches en el sofá, volcado sobre el libro alimentario de turno y preguntándome “¿tú crees que podrías tener anorexia nerviosa?” y yo, con la boca llena de donut contestando “gno ché. No greo…” Recuerdo su tesón. “Creo que necesitas alcachofas. Las alcachofas purifican el hígado. Mañana traeré alcachofas.” Jon K. siempre ha sido un remero de primera división. No ha habido ni una sola vez que me haya dejado solo ante el naufragio. Ni una. Ni en los más jodidos de remar. Agradezco mucho eso. Lo valoro. Mis costillas siempre estarán ahí para crujirse en sus abrazos. Y cuando me dice “Ari, hoy vamos a cenar apestoso brócoli de mierda, que tiene mucho hierro” pues voy y me lo como (aunque él solo dice brócoli, lo de la mierda y apestoso es aportación mía). Valoro al Jon remero, que me lleva sano y salvo hasta tierra. El mundo está lleno de personas (y parejas) que están contigo sin estar contigo. De personas (y parejas) que son como tener hambre y beber agua. De personas (y parejas) como film de envolver.  “Dormir contigo es estar solo dos veces. Es la soledad al cuadrado.” Pues eso. Justamente eso.