Flash

Jon tiene móvil nuevo y me lleva persiguiendo todo el puto día para hacerme una foto de agenda. Jon es el último romántico y todavía lleva pañuelo de tela en el bolsillo, usa despertador de tictac y ninonino e identifica la agenda de su móvil con fotografías. Cuando le llama su madre, no solo pone en la pantalla MAMÁ. También te sale la cara de mi suegra toda sonriente en pantalla enseñando dientes y gafas. Y eso lo aplica a parientes, amigos, compañeros, gente intrascendente que una vez se cruzó en su camino… todos. En cuanto alguien le da su móvil, no se limita al “hazme una perdida y te grabo” como todo hijo de vecino, no. Él te pone la cámara delante de la nariz y ¡flash! flashazo. Luego te da las gracias, enlaza tu foto con tu número y hala. Ahí te quedas en su agenda de contactos, exhibiendo tu cara de “sapristi” todos los años que tenga a bien resistir viva su tarjeta telefónica. Y eso hace que a mí, que precisamente soy su “AA”, no me tenga. Porque claro… yo y las fotos. Las fotos y yo. Soy ese chico que llena álbumes solo con primeros planos de pelos y dedos. El 85% de todas mis fotos no son más que eso. Taparme la cara con las manos y que me asomen los pelánganos sobre los deditos. Y él, que usa pañuelo de tela y despertador de tictac, no vino a este mundo para rendirse ante la evidencia, así que se lo está pasando pipa dedicándose a la cacería fotográfica de Nepomuks. En la mesa del restaurante, en el entrenamiento, en la buhardilla, en el post-sexo, en el  desayuno, en el mercadona haciendo la compra… En cada uno de los escenarios de nuestro día en común. “¡Ari, mírame!” ¡flash! Y hala. Marchando otra de pelos con deditos. “Más tarde o más temprano lo conseguiré.”

Claro que sí, pequeño espartano gigante. Claro que sí.