Lo que fuimos

Ando haciendo tiempo para que sean las siete o las ocho, se puedan subir las persianas y hacer algo útil con mi fin de domingo, como recoger la ropa del tendedero, planchar, limpiar el arenero de los gatos o tirarme otra vez por el tejado (aunque para esto encontraré alguna dificultad porque Jon ha claveteado en el marco una red). Mientras tanto, sigo parapetado en la penumbra de la buhardilla mientras las lagartijas se fríen en el exterior de las cinco de la tarde y sus 39ºC en canal. Si vuelvo la vista a mis tardes de verano de niñez, siempre me recuerdo haciendo tiempo. Creo que ya hasta asocio el sonido de las chicharras con aquel sinvivir de aburrimiento que era tener que dormitar por cojones toda la digestión antes de poder bajar al mar, o subir a la guerra de piedras con los terrone. Ya ves. Yo, guerra de piedras. A veces me cuesta horrores poder enlazar al niño que fui con el adulto que soy. Y pienso que si las cosas por aquel entonces hubieran salido de forma diferente, ahora mismo estaría escribiendo esto un Ariel completamente distinto, que igual hasta ni siquiera estaría escribiendo esto. Y que probablemente aún estaría en Cefalu, cuidando de mi hermano cojo, que era realmente el que escribía, dibujaba, pensaba y brillaba con una luz distinta, y trabajando en un taller de coches, casado con alguna chica cejijunta de la isla. Pero las cosas fueron como fueron, y soltaron a mi madre, y mi hermano tuvo ese accidente, y mi abuela enfermó y mi padre empezó a pincharse y unos cuantos etcéteras después, yo ahora soy pacifista, estoy casado con 100 kg. de músculo, tengo fobia social, puedo pasarme cuatro horas dibujando lemures en una pared y no corretearía en sandalias por los caminos polvorientos sicilianos a las cinco de la tarde de un agosto, ni cocido a Jhonny Walker.