Madriguerismos

Andamos pensando en cambiar de casa. Hay puntos del destino que confluyen para ello. Hemos terminado de pagar la hipoteca, nuestra guarida va necesitando una reforma integral, la adolescencia de Pedro ya le pide estar a un autobús de la civilización, han trasladado a Jon fuera de El Pardo… Esto último hay que leerlo con aplausos, yupis y bravos, porque podemos quedarnos en Madrid. No es ninguna tontería. Hemos pasado los últimos meses con la angustia del traslado planeando sobre nuestras cabezas, y el asunto podría haber sido tan confortable como Bilbao, tan absurdo como Ciudad Real, tan desconcertante como Suiza o tan terrorífico como Chile. Pero a Jon, le tires por donde le tires (sin segundas) nunca cae por el lado de la mantequilla y tiene la suerte de los motherfuckers, así que le han concedido un muy buen destino a tan solo unos pocos kilómetros del centro de Madrid. Así que ahora que ya hemos resuelto el sinvivir A, nos hemos pasado al sinvivir B: “¿Vendemos la casa? ¿nos compramos otra en mejor estado que María pueda destrozar? ¿una con bodeguita para poder meter el grifo de cerveza y/o a los del rugby que irán detrás? ¿Nos querrán los vecinos pijos del noroeste? ¿les querremos nosotros a ellos? ¿encontraremos alguna con tejadillo para que yo pueda seguir practicando lo de matarme en caída libre? No lo sé. NO LO SÉ. Estamos mirando. Tocando paredes, encendiendo interruptores y paseándonos por casas vacías con las manos en los bolsillos y cara de nada, mientras decimos a los vendedores “uff… no sé… ¿cuánto dices que pides por esta casa vulgarcita que en principio no me interesa?” Bueno, eso Jon. Yo no. Yo no nací con el don de la estrategia y solo suelo servir para poner en evidencia nuestros planes al enemigo y que no nos bajen ni un euro del precio de venta. Ya sabes. Cada uno, su virtud.