Agosto de cerebros

Lo he pasado fatal en el trabajo. Me dormía, me dormía horrores, me dormía muchísimo. Quedaba una hora y media para salir y yo estaba ahí, con las palmas de las manos sobre las mejillas y los codos sobre la mesa, haciendo como que estaba pensando algo importante y durmiéndome mucho. El chirriar de los zapatos de mi jefe en el linóleo me ha sacado tres veces de la fase REM. No sé qué me pasa esta semana pero solo quiero dormir, recostarme sobre la nada, y que todas mis rutinas del día a día se hagan solitas por arte de díbidi-bábidi-bú. No estoy triste, no estoy apático, no estoy desanimado. Solo tengo sueño. Cuando llego a casa me pongo velozmente las zapatillas y subo como si me llevará el diablo a la elíptica, para cumplir con los 30 minutos de entrenamiento porque si espero, si me detengo diez segundos a pensármelo, a dudar, a caer en la cuenta de lo cansado que estoy, sé que no lo haré. Sé que me el sofá me engullirá y sé que ya solo me volverá a escupir cuando Jon asome por la puerta de mañana por la mañana diciendo “¡chicos, a desayunar!”