Lo bueno de lo malo

Últimamente leo más que escribo y me apetece esconderme. Es como si me estuviera enfocando ya hacia el otoño. Y mira que faltan todavía días y calores, pero estoy en formato hongo y no hay nada que hacer. Tampoco contribuye nada a la emoción que hoy sea día de puente de agosto y yo esté trabajando. Yo y el bedel del edificio. No creo que se cuenten muchos más. He cogido una de las motos de Jon en plan travesura de lunes y por la carretera iba yo conmigo. Nadie. Ni un coche. He estado cambiando de carril en plan Valentino Rossi como si fuera el rey del mambo. Si Jon me hubiera visto me hubiera claveteado las orejas a la pared del garaje, pero es que hoy era el día. El día de poder hacer esas cosas sin empotrarme contra un autobús de línea. De todas formas el subidón se me ha bajado enseguida al atravesar los pasillos desiertos de mi oficina, con el ñigui-ñogui de las suelas de mis zapatillas haciendo eco en el silencio. Lo bueno de lo malo es que no estoy dando ni chapa, claro. Solo miro casas que no puedo comprar, elijo camisetas que no debo y escribo este post. Un post que también reverberará haciendo eco en el silencio. Porque es lo que te lo digo todos los años… Nadie lee blogs en agosto. Lo cual los convierte en un sitio estupendo para esconderse.

Hablando de lo bueno de lo malo.