Él

Anteayer por la tarde me subí al autobús del autobusero. Como frase dicha queda muy estúpida, pero no me refiero a un conductor de autobuses desconocido, gris y normal de toda la vida, sino a la expareja de Jon. Aquel tipo supercachas y superguapo que apareció en mi vida allá por 2011 para recordarme que en el mundo había cosas visualmente bastante mejores que yo para Jon. Ese que disfrutaba dándome por culo (no literalmente) y alterándome la conciencia. Ese. Ayer cogí el 601 para subir desde Moncloa y allí estaba él agarrado al volante. Lo de esconderme y pasar agachado en plan comando no era una opción porque tenía que comprar billete, así que solo le dediqué una sonrisa, lo más sincera que pude. Pareció muy sorprendido y contento de verme. Dijimos cuatro frases tontas tipo “el mundo es un pañuelo” y dos o tres preguntas desinteresadas de cortesía tipo “qué tal todo”. Y cuando las señoras ansiosas ya empezaban a empujarme y a pasar el bonometro por debajo de mi sobaco, me dedicó una mirada lúgubre por encima de las gafas de sol y dijo “¿Y qué tal está él?” Yo contesté “Muy, muy bien.” y me fui directo a enterrarme en los últimos asientos del autobús, bajo la lluvia rockera y evasiva de mis auriculares de música.

Carlos, Jesús, Antonio… No resulta muy complicado decir el nombre de una expareja cuando ya los tienes absolutamente superados.

Cuando realmente lo están. Cuando ya no hacen falta que sigan siendo “él”.