Igual que los demás

Cuando nos hablaron de acogerla, navegamos en un mar de dudas. Por aquí dejé buena constancia de ello. Veníamos de Simón, que había costado su trabajo y su dedicación. Más de lo que yo mostré, porque a veces un blog está para contar y otras veces igual de valiosas, para callar. Y María suponía volver a pasar por todo ese mismo periplo sumando aún más años, porque ella era bebé y diminuta. No nos vendieron milongas. Nunca lo hacen. “Tiene hemiparesia espástica. Necesitará ayuda.” Nos lo conocíamos. Sabíamos de fisioterapias, de terapias ocupacionales, de ortetización…” Todo nos era familiar. “Tendréis que aceptar que no podrá llevar una vida en principio igual-igual que los demás.”

Acertaron sin acertar. La vida tiene ese tipo de guiños. Nunca llevó nada igual-igual, que los demás. Lo intuimos cuando dio su primera voltereta sin saber que no podía dar una voltereta. Entonces ya supimos lo que había que hacer. Dejarla libre. Apoyaba su triciclo mirando siempre hacia las cuestas mas empinadas. “UNO, SIETE, NUEVE… ¡¡Y MIIIIIIIIIIIILLLLLLL….!!” Volaba. Más de una torta y más de dos. Más de un posible imposible. Más de una férula voladora rodando camino abajo. Más de un “MI PONES UNA TIRITA Y LO HAGO OTRA VES.” Yo miraba a Jon “¿tú crees que realmente puede hacer eso?” y él entrecerraba los ojos y se frotaba el mentón. “ Mh… no sé. Pero vamos a verlo.” Y podía, claro. ¿Qué no puedes hacer cuando no tienes miedo? Nada. No hace mucho le quitaron la última férula. “Habéis hecho un gran trabajo con ella, chicos.” No. Nosotros no. Ella. Solo ella. Ya lo ves. Nació para no ser nunca igual-igual que los demás.