Vivan los novios

Mis amigos (o amigos de Jon, recordando aquí que yo solo tengo dos e independientes el uno del otro) se casan en junio del año que viene. Las bodas ajenas me hacen mucha ilusión, pero cuando son de dos tíos me lo hace aún más. Por su toquecillo sutil de pormishuevos, y porque ese tipo de gritos molan. Máxime cuando llevas callado más de una era y más de dos. Así que lo celebré con algarabía y zapatetas y en un subidón de unicornios me ofrecí hasta a maquetarles las invitaciones. No pasaba nada, era una idea estupenda. Lo haré desde mi casa, un par de horitas, pimpán y voilà. Les encantará.

No les encantó. Allá que voy ya por mi octava versión de las putas invitaciones. Y con el “esto un poquito más a la derecha”, el “esa letra no pega con las pajaritas” o el “los manteles son rojos, mejor en rojo” mi paciencia ya dijo basta y me planté. “No puedo estar con esto más tiempo, Óscar”. “No, sí, así ya NOS ENCANTA.” Les encantaba. Fabuloso. Más algarabías y más zapatetas. Más Pan de Madagascar. “Además, tenemos que ir concentrándonos en otras cosas. Las grullas. Queremos hacer 1000 grullas de origami para colgar del techo.” Mil grullas. No 100 ó 200, que ya sería un exceso grullo a nivel universal, no… Mil. “Bueno… yo os enseño a hacerlas y vosotros si eso ya…” Una sonrisa fugaz, una caída de ceja. Un Ariel que se escurre en el asiento. No voy a hacerte mil grullas, tío. Mis pulgares también  merecen vivir. “¡Claro, por supuesto! nos enseñas a hacer una y ya seguimos nosotros. Además tenemos que ponernos ya con lo de las clases para abrir el baile, que te necesitamos.” Ahí está. El terror y el pavor, hecho baile de novios. “¿A mí? ¿me necesitáis a mí?” “¡Claro! necesitamos que nos hagas una coreo. Con un poupurri de piezas cinematográficas de los 80. Dirty Dancing… Footloose… Flash Dance… ¡queremos que sea una apertura de baile COMPLETAMENTE DISTINTA.” ¿Distinta a qué? ¿acaso mil grullas no son ya bastante distinción?

Quieren a María de niña de los anillos. Igual ahí es cuando podré disfrutar de una sutil venganza sin necesidad de moverme del asiento.