Ay…

Ya hemos puesto la casa en el circuito militar de venta. Llevaba solo dos nanosegundos y ya ha empezado a sonar el teléfono de contacto. A partir de mañana empezarán a venir extraños a verla, y la evaluarán con el ceño fruncido y diciendo “mh… ¿cuánto decís que pedís por ella? mh… es mucho…” Me agoto solo de pensarlo. Llevo ya un par de semanas sin vivir en mí por el asunto del cambio de casa. Todo me da pereza y nervios. Enseñar, negociar, defender… Jon no para de decirme que no me agobie, que le deje a él. Pero no puedo desaparecer de mi casa, ni de mi vida. Estoy ahí en medio y lo vivo todo por cojones. Además, Jon está de etapa laboral complicada y va y viene por el asunto del atentado de Barcelona, así que la mitad de las veces la tendré que enseñar yo.

Otra llamada de teléfono. A las diez y media. No es muy normal ¿no? ¿qué hacéis a las diez y media mirando pisos?

Intento focalizar estos días y concentrarme en las cosas buenas. La casa nueva. La casa nueva tiene habitaciones grandes y frontales llenos de armarios. La casa nueva es fresca en verano y cálida en invierno. La casa nueva tiene una higuera, una morera y un granado. La casa nueva tiene una buhardilla de 60 m2 en canal para hacerme la guarida de las guaridas. La casa nueva sigue teniendo el monte de El Pardo, y tren, y autobús, y una puerta de forja enorme terminada en puntas de lanza. La casa nueva no está en una colonia, y cuando sales, sales. Y no tienes que atravesar calles, ni cruzar garitas, ni coger el coche. La casa nueva es amable y cálida y allí se respira que alguien vivió feliz.

La casa nueva aún nos la pueden quitar delante de las narices. Porque no hemos querido señalizarla hasta no saber la perspectiva de venta de la nuestra. Nos la pueden quitar justo a la vez que nos deshacemos de la nuestra. Y entonces tendremos que irnos a vivir todos debajo de un puente, con los perros, los niños, la estrella de la muerte de lego…

¿Sabes qué? a veces positivizar no es TAN FÁCIL.