Vuelapluma

Jon vuelve mañana porque ahora está en Suiza, y más vale que vuelva porque yo mañana tengo reservada una mesa para dos en un sitio romántico y tope cursi, y va a ser muy triste estar ahí comiendo colines yo solito en mi sitio tope cursi mientras suspiro como una viuda de guerra. Mientras, el que quiere comprar nuestra casa no se da por aludido con el “lo hemos postpuesto” y me sigue llamando por teléfono diciéndome que quiere comprar nuestra casa y contándome lo feliz que iba a ser viviendo con sus dos hijos en ella. Lo cual me parece muy tierno y bucólico pero completamente inútil, porque para venderle la casa tendríamos que salir antes todos los que estamos ahora mismo rellenándola. Que como pack podría comprarnos, pero no le arriendo las ganancias entre el niño walpurgis, el vasco trotamundos y la niña troglodita. Eso sin contar con el pintor de lemures esquizoide que vive en la buhardilla, claro… En el trabajo las cosas tiran de mal hacia peor y con visos de terminar llegando a mucho peor todavía. Me han quitado al gallego, me han quitado al de las cejas, y me han dejado al pelota arrastrao, que no sabe ni dibujar un círculo con el culo de un vaso. Paso mis ocho horas sin poder levantar la nariz del mac y cuando lo hago es solo para quejarme de algo o refunfuñar. A este paso no me va a quedar mala hostia para cuando sea viejo y cuasijubilado. A ver si empiezo las clases de danza y por lo menos a base de saltos y churiburris, me voy desestresando un poco y voy cogiendo otro color menos cenizo. Si mi antiguo profesor de danza me leyera llamar a las figuras churiburris, me calzaba un bastonazo en los lomos que me dejaba seco. Un gran personaje mi antiguo profesor de danza. Una pena no haber podido hablar antes de él en todas mis eras de blog. Esta de descontrol en la que estoy ahora me trae muchas más satisfacciones, porque ya paso de callarme nada o casi nada. También es porque pienso terminar mi libro y tendré que hablar de él. Algún día. En algún momento.

María ha empezado el colegio y el taekwondo. Se ha dormido a las ocho y cuarto de la tarde, con la cabeza apoyada sobre el plato de la cena (vacío. Ella es capaz de comer hasta dormida). Le he despegado los restos de arroz con tomate de la mejilla y la he acostado sin escalas. No puedo explicar con palabras lo agradecido que estoy al taekwondo, y el equilibrio tan maravilloso que ha traído a mi vida. Y sin ponerme ni el kimono.

Acabo de terminar mi viñeta y no tengo cuello para más dibujos. Mañana será otro día. Si finalmente me veo solo, fané y descangashao en el restaurante tope cursi, me dedicaré a bocetar las servilletas.