Lo importante

No estoy bien y me lo noto. Noto que me disperso y que estoy agresivo, angustiado y poco equilibrado. Creo que la situación en mi trabajo me está superando y lo odio. Odio que me supere porque la realidad, la cruda realidad, es que me importa dos cojones mi trabajo. Me importa dos cojones la empresa, me importa dos cojones el arrastrao, me importa dos cojones la productividad y me importa dos cojones lo que pueda pasar con cada una de las personas que rodean mi departamento. Esa es la cruda realidad. Y sin embargo aquí me tienes. De noche de sábado, lleno de bilis y de pensamientos chungos, de frases que tuve que decir y no dije, de esquelecogíaylemataba, de horas de falta de sueño dando vueltas al asunto, de ideas negativas, malvadas, contaminantes… Yo que soy el listo que siempre avisa de las trampas del pensamiento, voy y caigo en una de ellas. Quiero pensar que no es todo por mi propia estupidez. Quiero pensar que venía tocado del follón de la venta de la casa, y era carne de stress mental. Que ha sido como correr en calcetines sobre un suelo encerado. Que era caerme o caerme.

Se acabó ya. Se acaba aquí y ahora. He salido de mil cosas. Cosas malas de verdad. Cosas peligrosas. Cosas para no volver a despertarme nunca. ¿Qué coño hago sufriendo por esta estupidez? Entra, ficha, haz tu trabajo y luego olvídalos. No te pelees, no discutas, no odies. Levántate de una vez y haz un Big Lebowsky. Uno grande, grande, de verdad.

Él me mira, me sonríe, me coloca un rizo detrás de la oreja y me pregunta qué quiero para cenar.

Él sí es algo importante. Realmente, lo único importante.