Canguros Ingalls

Este sábado nos dejan al cuidado de un bebé de cinco meses. Todo el día y parte de la noche, porque su madre (y no es coña) viene a Madrid a hacerse una liposucción y no tiene con quién dejarle durante un buen puñado de horas. La madre del bebé merecería todo un capítulo para ella solita en este blog, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión, así que centrémonos en el bebé y no en la mujer con cartucheras que lo parió. Centrémonos en Marcos. Que tiene cinco meses y que va a pasar casi 24 horas en una casa con animales variados, niños asperger, baterías sordos de heavy metal, espartanos que boxean, pintores de lemures y lo más grande: niñas outsiders con tutú que lideran ejércitos de perros. Estamos muy nerviosos con el asunto bebé. O yo estoy muy nervioso. Jon no, porque es espartano y los espartanos, además de no alterarse con nada, fueron criados por manadas de lobos en el bosque y alimentados a base de jabalíes crudos y leche de ñu. Solo así se explica que cada vez que en mitad de mi habitual pánico inútil yo le pregunte “¿¿pero qué come un bebé de 5 meses??” él se limite a levantar una ceja y responder “No sé… ¿teta?” Que está bien. Que vale. Que igual es verdad y solo se necesita una teta provista. Pero si es así, dime tú. Dime cuántas tetas lecheras pueden contarse hoy por hoy en nuestra casa.