Nunca te cae un rayo cuando lo necesitas

Ya ha pasado el bebé, ya he dado mi clase y ya debería ir pensando en escribir todos los días, porque dejo todo en un coitus interruptus. Pero es que hoy hay algo mejor que contar. Algo mejor para recordar.

Hace unas horas, hemos estado sacando las colchas porque por las noches ya ha hace rascayú de preotoño. Al bajar las cajas de los armarios, me he encontrado con la de los disfraces de los Halloween y las Japan Weekend. Por ahí ha salido de todo. Caretas de zombi, garras de hombre lobo, surikanes de Naruto, capas jedi… He estado haciendo el idiota con María. Yo siempre hago el idiota con María, pero los domingos más. Los domingos me explayo. En una de esas me he puesto una diadema rosa de lentejuelas, con dos orejitas de gato de peluche aún más rosas (que no sé de dónde cojones han salido) y me he dedicado a perseguirla por toda la casa a cuatro patas y soltando rugidos de pantera. Se ha despepitado de risa, como siempre, y al final después de unas cuantas volteretas y un par de guerras, he vuelto a mi yo adulto, he guardado de nuevo los disfraces en la caja, la he cerrado clip-clap y la devuelto de nuevo al maletero. Luego me he puesto el peto vaquero y las zapatillas, he cogido la mochila y le he gritado a Jon desde la escalera, que bajaba un momento al pueblo a comprar un poco de pan en algún bar para hacer unos bocadillos de tortilla. Él me ha dicho “vale” y con esas, he salido de casa. He recorrido la colonia, y he saludado a un vecino que estaba sacando sus cubos de basura. Luego he llegado hasta la garita y he saludado al soldado: “¿qué tal? ya hace frío ¿no?” Él me ha contestado: “sí, ya va haciendo fresco…” Luego he pensado “bueno, mejor me bajo andando” y he dado un paseo hasta el pueblo durante el cual me he cruzado con varias familias que se dirigían a la colonia de Mingorrubio. Luego he llegado hasta la plaza y la he cruzado por entre las terrazas, hasta llegar al bar de Rodri. Allí he pedido si me podían vender un poco de pan y la chica me ha dicho que no les quedaba nada, así que he rrecorrido un par de calles más y me he metido en el del Gamo. Allí, he esperado a que terminaran de atender a dos hombres que habían pedido una caña y una ración, he vuelto a preguntar, y el hombre de la barra, me ha sacado dos barritas de pan y me las ha envuelto en una bolsa. Le he pedido también que me pusiera una tortilla de patatas y una ración de ensaladilla, y con mis bolsa de provisiones, he vuelto a cruzar las dos calles y he salido a la plaza. Allí, he saludado a dos vecinas de la colonia que estaban sentadas en un banco y les he preguntado por la hija de una de ellas, que antes nos hacía de canguro de María. Me han contado que ahora estudiaba en Suiza y he dicho “anda, qué bien, denle recuerdos de mi parte.” Luego me he despedido, he subido hasta la parada del bus y como estaba cansado, he pensado “bah, me espero y lo cojo para subir”. He estado esperando de pie, con dos señores y dos chicas, unos 16 minutos hasta que ha venido el bus. Mientras esperaba, he estado mordisqueando el pico del pan porque tenía hambre. Después, me he subido al bus, he dicho “hola, buenas noches”, he pasado mi abono y he cruzado todo el pasillo, para sentarme en los asientos más cercanos junto a la puerta. El chico que estaba sentado en el lado del pasillo se ha levantado para dejarme pasar y yo le he dicho “ay, muchas gracias” y me he sentado en el asiento de la ventanilla.

Y ahí, cuando el autobús ha vuelto a ponerse en marcha, me he visto reflejado en la ventanilla, con mi peto, mi camiseta de rayas, mi ración de ensaladilla, mi trozo de pan aún en la boca,  y mis dos orejitas gatunas rosas de peluche con diadema de lentejuelas y purpurina, soltando brillis contra el cristal.