Master del universo

Qué poco tiempo tengo cuando acaba mi tiempo. Casi las once y mírame. Acabo de colgar el lápiz. Pero no importa, estoy contento porque ya casi tengo terminado mi trabajo de fin de master. Alegría, alegría y Pan de Madagascar. Me dice Jon que ahora viene lo más chungo que es exponerlo y “defenderlo”, pero a mí eso es lo que menos miedo me da. Soy cantor, soy embustero, me gusta el juego y el vino, tengo alma de marinero. Creo que podría perfectamente vender al tribunal una moto sin motor que ni siquiera fuera mía. Soy un asocial muy persuasivo. Paradojas de Ariel Nepomuk, el chico hecho del revés que camina hacia delante, con los pasos hacia atrás.

Mientras escribo esto llevo el chándal y las zapatillas, porque en cuanto cierre este equipo, tenemos que salir a correr. Hoy se me ha hecho tardísimo. Los jabalíes lo van a flipar mucho viéndonos pasar con nuestros calcetines reflectantes hip-hop-hip-hop. Pero no quiero saltarme ni un solo día. Es importante. He perdido dos kilos. Dos. Me deprimió muchísimo. Iba tan bien… Estaba ya tan metido en mis seis batidos de mierda… (bueno, de proteínas) Me veía tan normal con mis vaqueros no-flotantes… Y de repente me vi de lleno otra vez en la casilla de salida. Así que he vuelto al rajatabla y no pienso dejarlo hasta Navidad. Esta Navidad no estará mi suegro y será rara y triste para todos. Mi suegra dice que no tiene ganas de cotillón ni de japiniuyiars. Jon habla de marcharnos en Nochevieja a Port Aventura con los tres chicos y pasar un fin de Año diferente. Cuando me lo dijo se me escapó un saltito de yupi desde la escalera, pero enseguida me recompuse y bajo con compostura de lord inglés diciendo “aham… podría ser interesante…”

No quiero mandar más ilusiones al naufragio. Ya no olvidaré que estoy en la temporada en la que nada me sale bien.

PD. No me tocó el euromillón.