Hartura

Hay demasiado ruido por todas partes y cuesta llegar a alguna conclusión estos días. Aunque no quieras meterte en ello, aunque quieras mantener tu pensamiento al márgen, es imposible. Ordas de unos y de otros, te arrastran en sus turbamultas. Tú has hecho, ellos han hecho, nosotros vamos a hacer… Ni un solo acto de conciencia. Ni un solo nos hemos equivocado todos y punto. Y para terminar el punto de la salsa, yo aquí metido en una colonia militar. Puedes imaginar el ambientazo y los comentarios de lo vecinos. Y las banderas. Venga banderas. Vivan las banderas. Banderas compradas en los chinos, de rasillo cutre, ondeando en cada puerto. Ayer un vecino puso el himno de España a todo trapo (a toda bandera). Sentí un poquito de vergüenza ajena. Jon no quiere opinar. Su padre era ertzaina en Vizcaya en la época más dura de ETA y la Kale borroka. Ese fue uno de los motivos por lo que tuvo que vivir largas etapas en Madrid. Así que ahora frunce el ceño y no opina en voz alta. Supongo que si le pregunto, terminará contándome, pero procuro no hacerlo. Nunca he entrado en discusiones políticas con él y en esto menos que nunca. Soy republicano, antimilitarista, pacifista y le quiero. Él puede ser lo que quiera, porque esto último no cambiará. Ayer una vecina impertinente le preguntó si no íbamos a poner una bandera en la ventana. Él contestó “Sigo igual de español que hace un mes, si no la puse entonces… no veo que haga falta ponerla ahora.” Me pareció bastante brillante.

¿Te he dicho ya que estoy hasta el culo del verano?