Recámaras

Jon ha colgado una bandera pirata. Gigante, calaverosa y blanquinegra. Queda majestuosa ahí ondeando entre las cientosmiles banderas nacionales que han colgado estos días nuestros vecinos. También queda tope subversiva, pero no ha sido esa nuestra intención. Una fiesta pirata sin bandera es como un jardín sin flores. Le dije a Jon que igual podían tomárselo en la colonia como una provocación. Él se encogió de hombros y dijo “pues igual” y siguió a lo suyo. Jon se pasa por el nardo las opiniones de la gente que no le importa. A ese nivel es algo así como mi ídolo.

Me pasé todo el sábado haciendo espadas de polieuretano y todo el domingo imprimándolas y pintándolas. Gracias a eso, terminé el weekend de frenesí con una contractura en el hombro y tuve que drogarme fuerte hacia las doce de la noche, para no tener que dormir en posición Nosferatu. No es muy buena idea drogarte fuerte cuando tienes que ir a trabajar al día siguiente. Y la muestra ha sido este maravilloso lunes que llevo de sopor y empanamiento, del que voy saliendo a duras penas. Me cuesta mucho ir a trabajar estos días. Ahora que han despedido al gallego y me han dejado con el pelota inútil y arrastrao, la sensación de desolación y desmotivación es brutal. Supongo que para todas las mierdas de esta vida tenemos un número limitado de cartuchos de ilusión en la recámara, y los míos con respecto al trabajo hace meses que se agotaron. Estoy triste, hermético, harto y cansado y fantaseo con cogerme una baja psicológica de tres meses y que les den a todos, departamento, jefes y pelota, por el mismísimo culo. Pero mientras el angelito de mi hombro izquierdo me dice “qué bueno, Ari ¡drogas gratis y tiempo libre!”, el demonio del derecho me mira con cara de circunstancias: “¿Baja psicológica, Ariel? ¿A estas alturas de tu vida? ¡amos, no me jodas!”