Ho-ho-ho

Fiesta terminada y rotundo éxito pirata. Hemos echado los restos y nos ha quedado un fiestón. Tenemos la casa destrozada, el jardín destrozado, la cocina llena de restos de pastel (hemos improvisado batalla), agujetas hasta en las pestañas y sordera en ambos oídos por excedente de gritos, PERO QUÉ BIEN HA SALIDO TODO. Eso sí, no me han dejado ni una sola de las 32 espadas que hice. Ni tampoco una puñetera moneda de chocolate del kilo y medio que rellenaba el arcón del tesoro. Han sido como la marabunta, pero con gorro pirata y parche. Creo que ahora mismo, la única zona viva de la casa es la guarida de Pedro, y eso porque ha sido la única puerta que ha permanecido cerrada a cal y canto. El resto ha sido todo un waterloo. Pero qué bien me lo he pasado. Soy feliz vistiéndome de espantajo y dando sustos. Debería mandar mi trabajo a la mierda y echar opos al pasaje del terror. O dedicarme a montar saraos infantiles para hijos de ministros (que visto lo visto son los únicos que salen rentables). Otra vez un par de madres nos han ofrecido pasta por montar sendas fiestas de cumpleaños. Jon ha dicho “no me veo yo de payaso profesional…” No debería decir esas cosas justamente cuando va vestido con calzas de capitán alatriste, gorrito pirata, parche de calavera y espadita de juguete, pero bueno… es lo malo de lo bueno de expresarse sin un espejo delante.

Al final han sido 34 niños porque dos no-invitados se nos han sumado al sarao. Desventajas de dejarle elegir a María. Cogió las invitaciones LIMITADÍSIMAS que le di y las repartió a cachitos por allende el universo. Ya me dijeron los padres sabios de twitter que algo así iba a pasar. Pero bueno. Al final hemos hecho hueco a todos y hemos logrado que Jokin, Gustavo y mi cuñado Samu nos ayudaran un poco a controlar la manada. También vino mi cuñado Unai y nos trajo al loro. Aquel loro famoso que se encontraron en un portal y al que dediqué varios post, porque bailaba con la melodía de Bob Esponja y solo sabía decir “fóllame” y “puta“. Cuando le hemos visto llegar con la jaula se nos han caído los huevos al suelo. Porque sí… era una fiesta pirata y una fiesta pirata con atrezzo de loro queda estupenda, pero lo de mezclar niños de cuatro años con loros que gritan fóllame-puta, pues ya… como que la estupendez queda ligeramente limitada. Al final, en previsión de un desastre educativo tirando a chungo, hemos decidido encerrar al loro en el cuarto de Pedro y dejarle allí para que se comunicara a gusto sin necesidad de asustar a nadie. Luego ha resultado que el maldito bicho no ha dicho este pico mío durante toda la tarde, pero bueno… ya sabes. La ley de Murphy. Nunca hay un loro apto para menores cuando lo necesitas.