Mundo albóndiga

Ayer estuve hasta las 3:00 viendo Stranger Things con Jon. En diferido, porque él sigue en Bélgica. Nos la pusimos cada uno por separado y activamos el skype para ir comentándola sobre la marcha, como si estuviéramos juntos. Muy surreal. Fue divertido, pero más para mí porque al día siguiente era domingo y me importaba un pie el trasnoche. El pobre Jon se levantó a las 6:00h. con solo 3 horas de sueño y ha pasado todo el día con dolor de cuello. Estoy procurando no dejarle ningún mensaje a partir de las 21:00 para dejarle acostarse pronto y descansar. Ya ves. A veces lo del enamoramiento juega en tu contra. No todo van a ser unicornios.

He pasado el domingo con más pena que gloria porque me comí 345 albóndigas al curry a mediodía y aún no he podido digerirlas. Se me ocurrió la fantástica idea de salir a correr con los perros nada más comer. Con las 345 albóndigas + dos martinis con vodka entre pecho y espalda (estos últimos, posibles artífices de mi nublado mental). Con mi pedalín corrí como un gamo, claro. Pero cuando llegué a casa me eché en el sofá a dormir lo que pensé que serían 20 minutos de siestecita, y se convirtieron en 2 horas de coma que me han terminado de joder la digestión del todo. Me he despertado mareado, con naúseas y con una bola digestiva a la altura del esófago. Aún así he intentado lo del cambio de ropa (HOLA POR FIN, OTOÑO BONITO Y FERMOSO) pero lo he tenido que dejar a medias porque me veía vomitando encima de los montones de camisetas. Ahora tengo mitad ropa arriba, mitad ropa abajo. Zapatos de invierno arriba, ropa de verano abajo. Mañana puedo ir a trabajar con abrigo, camiseta de tirantes, pantalones cortos y botas militares. Así de bien me ha salido toda la misión.

No pasa nada. Apartaré los montones de ropa de la cama para dormir, y ya seguiré mañana, cuando las albóndigas sean leyenda en mi maltrecho estómago. Recuerdo aquellos tiempos de la quimio cuando tranquilamente vomitaba como ocho veces al día, sin esfuerzo y en un chimpún, para después seguir comiendo. Ahora ya no soy así. Ya no vomito ni agarrándome de los pies y sacudiéndome boca abajo como hacía la abuelita con el gato Silvestre. Jon K. sabe hacer una maniobra, tipo Heimlich, para que la gente vomite sin necesidad de meterse los dedos en la garganta. Dice que la usaban en Bagdad cuando en las noches de juerguita tenían algún soldado demasiado perjudicado. Una vez le pedí que la hiciera conmigo, pero me abrazó por la espalda con los brazos cruzados por debajo del esófago, y cuando iba a darme la sacudida, me entró el pánico y me escurrí como una cucaracha al grito de quitaquitaquita. En ese tipo de cosas no hacemos buen encaje, la verdad. Él tiene la fuerza de un gorila y yo mucho apego a mis costillas.