Perspectiva

Me ha dicho un pajarito (o pajarraco) que todas las noches que pasas fuera de casa, lo último que haces al caer en la cama, es coger el móvil y mirar mi blog. No sé si es cierto, o solo era un farol para que yo me sintiera mejor y dejara esta cara de viuda que llevo arrastrando desde que sé que no vuelves hasta dentro de tres semanas, pero por si las moscas, voy a escribirte todos los días y a contarte que se cuece en mi cabeza y por estos lares. Tú me dijiste hace poco que desde que hay tecnología, la separación total entre personas no existe. Voy a usar la que tengo a mi alcance para darte la razón.

Dentro de 20 minutos me iré con Pedro al cine a ver El Misterio de Marrowbone. Soy un poco egoísta al llevármelo, por muy contento que él se haya puesto, porque en realidad lo hago porque prefiero no ir solo y apalancarme en la butaca con 14 kilos de guarrerías varias para meterme en el buche. La última vez que fui solo al cine fue a ver Up. No era aquella una buena época emocional para mí y recuerdo haber llorado como un gilipollas encima de mi bolsa de ositos de goma, sintiéndome solito y miserable. Me arrepiento de todos los momentos bajos de mi vida. La autocompasión es lo más chungo que puede sentir alguien. Sobre todo porque con perspectiva, realmente nunca estamos TAN mal y de todo podemos salir, excepto de la muerte.

Estos días estoy sacando yo a los perros a correr, por aquello de adoptar el papel de macho alfa de la manada. O macho alfita, porque suelo cansarme bastante antes de lo que se cansan ellos y al final terminan por lanzarme miraditas compasivas tipo “si quieres vamos más despacio, que te vemos pálido…” Aún así, esos momentos de correr con todas mis fuerzas dentro la negrura y el aire frío del monte me sientan estupendamente bien. A veces subo hasta la loma y pego un alarido. Cualquier día vendrá el retén de los cuarteles con linternas a ver a quién coño están destripando y me encontrarán ahí, todo saludable y sonriente, con mis mejillas de Heidi y mi chándal imposible. Y tendré que explicarles que no es nada. Que con el grito solo echo las cosas del día. Las cosas chungas. La calva de mi jefe, mi sueldo de mierda, el tfm que no supe defender como quería, el vasco que no estará esta noche en la cama para calentarme los pies, el miedo a que tampoco esté para Navidad, la casa maravillosa que no llegamos a comprar por culpa de mi orgullo, el ñigui-ñigui que hacen los frenos del coche y cuya solución probablemente no pueda pagar…

Ya. Ya sé. Perspectiva. Siempre perspectiva. Por eso el alarido. Ahí lo suelto y ahí se queda. Flotando sobre la loma mientras yo lo miro, saludable y sonriente. Con mis mejillas de Heidi. Con mi chándal imposible.