9,8

9, 8 Jon. Nue-ve-con-o-cho. Es una notaza. Es como la nota entre las notas. Es lo que uno nunca se espera cuando se espera lo peor. Que sí, que tienes razón, que me lo curré mucho. Que ha sido un año de quemarme las cejas por sacar un buen trabajo, pero la defensa no me salió bien. Al césar lo que es del césar. Han sido jodidamente generosos conmigo. Estaba seguro de que la exposición me restaría un montón de créditos del trabajo final. Ahora todos a mi alrededor creen que soy uno de esos irritantes que van de pobrecitos y de lloricas, cuando saben que van a sacar una notaza impecable, pero tú sí que me conoces, y sabes que no. Sabes que no he sido un falso modesto en mi puta vida y que cuando hablo en negro, es que lo siento en negro. Así que imagina mi subidón ahora mismo, Jon. Voy por la casa como un elfo de Santa Claus puesto de anfetas. Entre el “no-puedo-creerlo” y el “y-ahora-qué”. Marcos dice que ahora debo publicar mi trabajo y registrarlo. Me lo dice haciendo pausas entre las sílabas como si fuera muy importante. “RE-GÍS-TRA-LO A-RI-EL.” Me habla en chino. Yo lo que de verdad quiero es meterme en la cama a ver teleseries hasta que vuelvas. De hecho es lo que estaría haciendo desde hace semanas si no fuera por Pedro y su compulsión… por Simón en sus tirolinas de Cantabria… por Lady microondas… por la calva monda de mi jefe… por mis 13 alumnos con una función de Navidad por bailar… por nuestros perros gruñidores de jabalíes…

Cuando eres pequeño estás deseando crecer porque piensas que solo entonces podrás hacer lo que te dé la gana. Vaya craso error. Luego te bastan unos pocos años para darte cuenta de que cuando podías hacer realmente lo que te daba la gana era justamente de pequeño. Bromitas de esta vida nuestra. Con suerte cuando seamos viejos podremos volver a la anarquía y pasarnos el mundo por el forro. Igual entonces nos da por vender la casa y dedicarnos a recorrer mundo con una tienda de campaña y un buen botiquín de antiinflamatorios. Quién sabe.

Bueno, ya he tachado el máster de mi lista de angustias diarias de Ariel Nepomuk. Voy a pasar directamente a la segunda que es “Función navideña de Ariel Nepomuk.” Te iré manteniendo informado.

Nos han traído el microondas nuevo. Es enorme y un poco chungo de manejar. Hemos estado los tres flipando un buen rato porque se enciende una luz azul interior cuando abres la puerta y parece que vayas a meter el pollo en el Enterprise. Bueno, hemos flipado Pedro y yo. María sigue bajo orden de alejamiento y no puede acercarse al microondas a menos de 20 metros. Tal cual se lo dije. Ahora cada vez que entra en la cocina, da saltitos con los dos pies mientras me pregunta “¿aquí puedo estar? ¿y aquí puedo? ¿y aquí?”

Calculo unos… 35 minutos más hasta que descubra la luz azul y empiece a abrir y cerrar la puerta del microondas 348.254 veces al día. O peor aún… empiece a calentar pulpos.

PD. Me gustan más las celebraciones cuando estás tú.