Más madera

Ya ando mirando cosas de Chile, desde que recibí tu billete. Entre ilusión y ansia, tengo. Y nervios de saber dónde vamos. Sé que una semana no dará para mucho, pero joder, qué ilusión más tonta y qué buena sorpresa. Y qué ganas de verte, coño. Sobre todo eso. Cuando pasa una semana echo de menos lo terrenal. Todo lo que es tu presencia en casa. El sonido de tus zapatillas clavando el talón por el pasillo… tus gafas de sol sobre el mueble de la entrada… tu albornoz sobre la cama por las mañanas con el cinturón enredado… La brocha de afeitar en el cuenco sobre el estante… Luego cuando ya he superado los diez días, empiezo a echar de menos lo sutil. Tu olor. Joder, tu olor… tu olor es una maravilla. Cuando te lo digo te ríes, pero es que lo es. Hueles a hierba. A madera. A campo lluvioso. Hueles a gloria. Qué ganas de olerte otra vez. Qué ganas de verte. De saltar encima de ti como una garrapata de aeropuerto.

Y cómo te has librado de las trece horas de brasa conmigo en el avión ¿eh cabroncete? No te preocupes. Si no te las doy a la ida, ya te las daré en la vuelta. ¡Si será por falta de Nepomuk!

Mañana vuelve Simón del campamento. Lo iré a recoger al autobús y el domingo me los llevaré a los tres al cine a ver La Liga de la Justicia. Vale, sí. No debería premiar a María después de cargarse 100€ de microondas a golpe de mortadela, pero tú me premias a mí constantemente a pesar de todos los follones que llego a montar al cabo de cada mes (recordemos aquí el último aquel de cargarme el cristal haciendo parkourpatín), así que en esta tribu, o todos moros, o todos cristianos. Mientras no haya intención premeditada de destrucción masiva, no habrá condena. Esa es la primera ley no escrita de nuestra república zeta-serlik. Recuérdame que la ponga con spray en alguna pared.

Sigo en una nebulosa de felicidad por el sobresaliente, pero me noto un poco agotado. Como si después de haber puesto toda la leña en la locomotora para poder llegar arriba, ahora no me quedara fuelle para bajar, y lo estuviera haciendo por pura inercia. Ahora, con lo de la función de Navidad, doy clase miércoles, viernes y sábado, así que suelo llegar a la cama en un estado pelín comatoso. Ayer me tuve que llevar a María. Directamente de taekwondo, y aún con el kimono puesto. La senté en una silla con un cuaderno y unos rotuladores mientras hacíamos barra y duró quieta dos segundos. En un instante estaba en la silla, y en el siguiente, agarrada a la barra ensayando patadas frente al espejo con gritos de minininja bronceneumónico. Fue el alma de la clase, claro. Menos mal que mis alumnos de este año son como ciborgs y no hay quién los desconcentre. Siento deseos irrefrenables de hacer alguna idiotez que los despeine de su pluscuamperfección. No sé el qué. Algo idiota. Quizá aparecer vestido de gallina Caponata y decirles “buenas noches, hoy haremos El Lago de los Cisnes.”

No. Claro que no lo haré. Pero no me digas que no lo molaría todo.