Cuerpo de sábado

He llevado a los niños a comer a La Raclette porque hacía un sol bonito y quería que respiraran un poco de aire limpio. Luego nos hemos acercado al pantano y hemos estado un rato tirándonos por los toboganes. Yo también. Soy así de ganso. Hemos jugado a ver quién era capaz de bajar más rápido y sin darme ni cuenta, he vuelto a mis ocho años. El pantano estaba bajo mínimos y daba algo de tristeza verlo. He recordado el primer verano que pasamos allí tú y yo juntos, cuando Peyote se escapó por el jardín y tú le rescataste tres días después de entre unos alambres y me lo trajiste de vuelta. También he recordado cómo me pediste que me casara contigo, sentados en aquel banco de camino al pantano, que está entre los dos árboles. Comíamos patatas fritas y yo jugueteaba con los cordones de mis zapatillas. Tú hablabas y yo solo me miraba los pies. Me pusiste los dedos en el mentón y me levantaste un poco la cara hacia ti. Dijiste “Ari… Ari, mírame…”

Luego, de vuelta a casa, he salido a comprar algo para comer mañana, y me he cruzado a cuatro de tus rugbiers que iban entrenando por el camino. Me han dicho “Hoy no hay partido en tu casa ¿no?” Les he contestado que estabas en Chile. Uno ha fruncido el ceño y ha dicho “uh…qué putada”. Sí que es un poco putada, pero me lo parece menos desde que sé que iré a verte. Ni siquiera te he preguntado si vas a volver a Madrid conmigo. ¿Vas a volver a Madrid conmigo? Da igual. No me lo digas hasta que no haya entrado en formato garrapata de aeropuerto. Las cosas malas también tienen su momento.

Otra vez han venido Jokin y Gustavo a sacarme esta noche de copas. Otra vez he vuelto a decir que no. Los niños me vienen bien como excusa, aunque podría perfectamente llamar a tu madre o a Ana e improvisar, pero no tengo cuerpo de copas. Tengo cuerpo de mimo. Cuerpo de sofá. De abrazo. De dedos en el mentón. De “Ari… Ari, mírame…”