Billy

Ya está. Ya no es Navidad. Ya no hay árbol, ni calcetines de elfo, ni guirnalda, ni luces, ni gatos haciendo rodar los polvorones de la bandeja por toda la casa. Ya solo enero, rebajas, frío bajo cero y rutina de vayapordios. Este mes tengo que hacer cosas. Entre otras muchas, dejar de pelearme. Tengo la sensación de que últimamente es lo único que hago. Justa o injustamente, es cansado y no llego a ningún sitio. Al final he llegado a un acuerdo con el director de la academia donde doy clase para llevar a mis chicos a ver el musical de Billy Elliot. Dos meses llevo con esto. Y después de currarme el descuento por grupo y conseguir el mejor precio, me seguía diciendo que era un exceso prescindible. No entiendo yo esto de que llevarlos a ver un musical sobre bailar sea prescindible y poner un cuadro tamaño king size con las normas de la academia, enmarcado en dorados no lo sea, pero bueno… tampoco es mi academia, ni mi pasta (ni mis normas), así que uno se calla y ya está. He llegado a un acuerdo de poner yo el 30% de mi sueldo y que ellos paguen el 70%. Como luego me salgan los críos diciendo que vaya rollo de obra, juro que los ahogo allí mismo bajo los chorritos de la fuente de Plaza de España. Jon dice que igual tendría que haber ido yo primero a verla para evaluar si es una cutrez, porque hay muchas piezas de Brodway que allí wow y que aquí en España méh, pero yo he preferido jugar al entusiasmo absurdo y llevarles a pelo. Tengo fe en que por poco que mole, molará lo suficiente.

Eso sí… creo que estoy cavando mi propio hoyo con eso de que me vayan a contratar otra vez el año que viene. La verdad es que, voluntaria o involuntariamente, estoy dando más guerra de la que debería. Si a eso sumamos lo de la uniformidad (o la falta de ella), lo del descontrol coreográfico de mis grupos, lo de huir en estampida de los whatsapps de padres y lo de que me dé un besito en la puerta un macarra gigante tatuado en moto… calculo que me quedan pocos meses para ser un profesor en peligro de extinción. Lo cual por un lado me viene bien, porque el año que viene vuelvo a la uni, y por el otro me viene de mierda, porque gracias a las clases he vuelto a reconciliarme con mi cuerpo y a recuperar su control, después de una guerra de años contra mí mismo.

Así que en esas estoy. Siendo un profesor de danza que necesita ser profesor de danza y que no sirve para profesor de danza. O sea, la constante de mi vida. Estar donde estoy sin deber estar, ni saber cómo he venido.