Jackass

María tiene un coche nuevo a pedales que le ha regalado su abuela, y que en dos días se ha convertido en el cacharro más preocupante de toda la historia de nuestro núcleo familiar. Aún más que el BB8 que tiré dos veces por la ventana de la buhardilla. Aún más que las 20 piscinas hinchables que estallaron en un chimpún perruno. Aún más que la bandera pirata que se quedó atascada en el tejado durante 7 días y ocho noches. Aún más. Aún más que todo lo loco de nuestra casa loca, que ha pasado por nuestras manos locas.

El coche no es grande, ni peligroso. Realmente, si fuera uno de esos eléctricos que van a una absurda velocidad fija de ñiñiñiñi, no pasaría nada. Podríamos cogerla al vuelo e interceptarla sin mayores problemas. Pero el coche es de pedales. María tiene un extraño superpoder para los pedales. Cuando María da pedales, desaparece. Se convierte en una especie de mancha de color vertiginosa que pasa por tu lado despeinándote el flequillo y dejándote expresión de WTF. Creemos que adquirió el superpoder durante sus primeros tres años de vida, por una clara sobredosis de triciclo. Culpa nuestra, por supuesto. Queríamos que luchara contra su hemiparesia y obviamente, se nos fue la mano con el entrenamiento. Ahora saca la punta de la lengua hacia arriba y pedalea en su coche nuevo como si no hubiera un mañana. Toma las curvas del pasillo de arriba a dos ruedas y vuelca dos veces de cada tres. Hemos tenido que inventarnos un cinturón de seguridad para el pulpo y reutilizar el casco y las rodilleras de patinar para proteger su minicuerpo de kamikaze con tutú. Ayer se tiró por el último tramo de la escalera. Estaba yo a media frase de “no puedes baj…” cuando se lanzó en plancha. No le pasó nada. Nada. Ni un rasguño. Bajó hasta la entrada derrapando como una especialista de Hollywood y siguió pedaleando por salón, cocina y terraza, esquivando perros, sillones, hermanos haciendo deberes y Arieles que la perseguían al grito de paraparapara.

Jon se enfada conmigo cuando María hace de las suyas, porque dice que soy yo quien la incita a las trastadas. Que hacer siempre el cabra con el skate o la bicicleta, diciendo “mira-María-mira”, no es como un padre debe dar ejemplo a una niña de cuatro años.

Me encantaría poder enfadarme con Jon, cuando me dice esas cosas. De verdad. Me encantaría sentirme herido en mi amor propio, y decirle que es una acusación completamente injusta. Y ofenderme mucho. Y subir la escalera muy orgulloso y encerrarme en la buhardilla con un portazo.

Me encantaría que alguna vez, algún día, en algún momento… Jon no tuviera toda la razón.