Veinte minutos

Me estoy preguntando si me dará tiempo a escribir esta tontuna en los veinte minutos que me quedan de jornada. Vamos a probar.

Hoy he conocido a un bailarín del Cuerpo Nacional de Danza, que ha venido a audiovisuales a grabar como modelo. Para anunciar algo. No sé el qué. Algo que se ponga encima, supongo, porque un bailarín haciendo requiebros para vender una sartén antiadherente a priori no es algo que me cuadre mucho, aunque cosas más raras se hayan visto. Me lo han presentado cuando estaba haciendo una suplencia de las mías en las aulas y me he puesto todo nervioso y absurdo. Tanto que por ir a darle la mano se me ha caído hasta el móvil y casi me dejo una ceja contra la cajonera por ir a recogerlo a ciegas. Aún así, me he recompuesto todo lo bien que he podido y he intentado disimular lo máximo posible mi entusiasmo fanboy por lo menos durante los cinco minutos que he tardado en dejar de ser chico normal y coserle a preguntas sobre audiciones, ensayos, estrenos, rutinas y zarandajas de lo que supone formar parte del Cuerpo Nacional de Danza. El tipo ha sido simpático, paciente y elegante. Incluso se ha ofrecido amablemente a dejarme unas entradas en taquilla para la próxima función del Kamikaze en Madrid, a las cuales (obviamente) me he lanzado en plancha, malgastando la poca dignidad que me quedaba después de lo del móvil volador. Se me ha ocurrido que si finalmente lo de Billy Elliot no me sale, igual podría llevar a mis alumnos a ver ballet por la patilla. Eso si soy capaz de reunir los huevos suficientes como para pedirle 13 entradas sin despeinarme. O bueno…10. O quizá digamos que 5 y que el resto ya lo pago yo.

Sea como fuere, siempre acabo pagando yo. Lo de no tener un puto duro es la condición sine qua non del perfecto entusiasta.

Jon se ha puesto en formato kong (leáse gorila enfurecido golpeándose el pecho para asustar a los otros machos y marcar su territorio selvático de jefe alfa) porque el bailarín, después de lo de las entradas y un par de cafés, ha dado muestras de querer llevarme al huerto a darme un revolcón. Jon cree que soy maraviperfecto, secsi y wonderfuloso y que cualquier ser humano que se me cruce, queda prendido absolutamente de mi sex appeal. Y por mucho que le agradezca esa (ciega) devoción, no estaría de más que bajara a la tierra de vez en cuando, y asumiera que soy un enano canijo con pelánganos y camiseta absurda, y que el único motivo por el que el bailarín quería darme un revolcón, era que se había levantado con las gónadas juguetonas y yo era el gay que pasaba por allí en ese momento. Pero bueno. Dejemos los baños de realidad para más adelante. No vaya a ser que vea la luz, me mire con los ojos de las realidades, y empiece a preguntarse qué demonios hace un espartano de pro casado con un bugs-bunny-boy que hace skate por el salón y pinta tortugas.

Fíjate. Al final sí que me ha dado tiempo.