Sensaciones

A veces tengo la sensación de que mi jefe me habla para que le pegue. Para que salte la mesa, le agarre del mostachito absurdo ese que lleva y le estampe la cabeza oval contra la mesa tumpa-tumpa-tumpa hasta que los dientes amarillos y mantequillosos le vuelen por toda la habitación. A veces tengo la sensación de que no soy más que su ratoncito de laboratorio, y que juega a tocarme los huevos solo con el fin de convertirme en algo agresivo y chungo, generador de mil y un motivos para ser despedido con total justificación.

Pero luego recuerdo que en vez de Pepsi Light dice “Pecsi lich”, que afirma ser Dan de Taek Wondo pero que no se acuerda de cuál, y de que cuando le cambiaron el explorer por el chrome nos preguntaba si iba a perder “el gúguel”. Y entonces vuelvo a la realidad y se me pasa toda la conspiranoia. Y me doy cuenta que no. Que simplemente es tonto. Un tonto a las tres, que decía el fraile de mi colegio. Ni estrategia, ni maquiavelismos, ni nada. Solo la imbecilidad más absoluta.

Estoy condenado en este trabajo. Sentenciado y terminal. No me echarán, pero me quedaré inmovilizado y estancado donde estoy, haciendo lo que hago, cobrando lo que cobro y viendo todos los días las mismas caras que veo, como un hierbajo acuático meciéndose en una laguna mierdosa. A veces me parece un pensamiento terrible y otras veces pienso “bueno… en realidad no es que el trabajo me importe tanto” y me dedico a mantener las plantas de mi rincón, colocar mis muñequitos de warhammer, poner rancheras y robar lacasitos de la máquina, mientras saco humo al mac pensando en las vacaciones de verano.

Verano. Qué lejos todo.

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Este trozo de post de ahí arriba lo he escrito en el trabajo en un ataque de irabia (que es ira + rabia con una erre de menos) y me lo he grabado en un pendrive para poder publicarlo en casa sin dejar rastro en el mac de la empresa. Siempre llevo la mochila cargada de pendrives para este tipo de cosas. Los guardo todos apelotonados en un monedero de María con forma de cabeza de gato, que es una mariconada, pero que cogí un día en plan estomismo, y nunca me acuerdo de cambiar por algo un poco más adulto. Cualquier día me pillarán grabando pensamientos al vuelo en mi pendrive y pensarán que me llevo información corporativa superimportante en mi monedero de niña. E igual hasta me rastrean y me despiden. Pero es que si no grabo las cosas cuando se me ocurren ya nunca las escribo y se me quedan por ahí… en el limbo de las sensaciones perdidas. No me gusta perder sensaciones. Ni siquiera las asesinas.