Líderes

Jon se va a Irak y luego a Armenia. Y la semana que viene es su cumpleaños, así que es más que probable que no pueda pasarlo con nosotros. He procurado usar la cantidad justa de unicornios y no ponerme muy ñoño. Al fin y al cabo, yo me jodo desde mi casa con agua caliente y frigorífico, y él desde una puta mierda de barracón en mitad del desierto. Está claro quién puede quejarse ahí y quién no. Así que me he puesto en formato positivo y he pensado que por lo menos es mando y volverá en diez días. Las tropas que lleva pasarán alí seis meses. Si me lo quitaran seis meses entonces sí que sacaría la artillería pesada de unicornios, kleenex y porquéamís ¿ves? ahí sí que ya merecería toda la pena.

Cuando se prevee viaje de Jon, el siempre nos reúne en la mesa del desayuno y nos dice “dejo a Ariel al mando.” Es algo que debería cabrearme, porque en realidad es como asumir que allí el único mando es él, pero en realidad me importa dos puñetas porque lo de la jerarquía superior no está hecha para mí. De hecho, prefiero ser el segundo, y siempre que sea posible, hasta el tercero o el cuarto. Yo necesito portarme mal de vez en cuando. Necesito lo de bajar a desayunar deslizando el culo por la barandilla de la escalera con saltito final y alehop gimnástico hasta el paragüero. Y lo de cruzar el salón en skate para dejarme los dientes en el sofá cuando se me cruza un pico de alfombra. Eso por no hablar de mis alijos de phoskitos en los diez escondites estratégicos de garaje y cocina. ¿Cómo voy a dirigir una tropa si me escondo a comer phoskitos diez minutos antes de la cena? Imposible. Eso no lo hace un líder de pro. Los líderes de pro comen a su hora, usan el parquet para caminar y bajan por las escaleras. Y también te señalan poniendo el dedo índice delante de tu nariz, para decirte “otro rayajo de monopatín que me encuentre en el suelo del salón y te meto en el cesto de la ropa.”

Por eso. Por eso tiene que ser Jon.