Padres

El padre de Gustavo se está muriendo. Cuando Gustavo se casó con Jokin, su familia no fue a la boda. De hecho, sus padres le repudiaron por completo y jamás volvieron a tener contacto con él. Y ahora su padre se muere, y el resto de su familia, sigue sin querer ver a Gustavo por allí. Ayer fue al hospital y su madre básicamente no le dejó pasar a la habitación donde su padre agonizaba. “Te llamaremos cuando suceda, por si quieres ir al funeral.”

Yo quisiera hacer ironía con este asunto y decir que la familia de Gustavo es todo un compendio de caridad cristiana y perdón, pero no veo que Gustavo haya hecho absolutamente nada que necesite ni caridad, ni perdón, así que en mi opinión se pueden guardar todas sus reacciones en sus respectivos y católicos culos. Se enamoró de un hombre y se casó con él. Si ahora necesitamos que nos perdones por amar, no es que esté jodido el mundo, es que estás jodido tú.

Gustavo es una buena persona. Sencilla, generosa y sin doblez. Siente que necesita ver a su padre y despedirse de él. Dice que le debe haberle cuidado de niño. A pesar de todo el daño que le hicieron, él perdona. Le vi llorar el día anterior a su boda, cuando sus padres le dijeron por teléfono sin inmutarse, que le preferían muerto a homosexual. Yo no hubiera perdonado eso. Jamás. Si a mí me hubiera preferido “muerto”, muerto hubiera estado para ellos desde ese mismo momento. Pero Gustavo no es así. Gustavo perdona. Y sufre por no poder despedirse de su padre. De ese padre que le preferiría muerto.

Anoche se quedó a dormir en casa y hoy también le he invitado a que lo haga. Jokin se ha ido a Iraq con Jon, así que tanto Gustavo como su perro-salchichón, están mejor con nosotros, que en casa dando vueltas a la cabeza (Gustavo, el perro-salchichón no es muy listo y no creo que le dé vueltas a nada, salvo cuando se descubre detrás su propio rabo). Mañana por la tarde volverá a acercase al hospital para intentar ver a su padre, y yo iré con él. No sé exactamente por qué demonios, pero iré. En alguna parte de mis mundos de yupi, se me ocurre que quizá delante de un extraño no sean tan gilipollas y se corten un poco a la hora de despreciarle. O no. O quizá pasen directamente a ser igual de gilipollas conmigo y a despreciarme a mí también, por aquello del odio cristiano en pack, para los dos homosexuales en pack. Sea como fuere, allí estaré. Para que suceda lo que tenga que suceder. Para verle respirar tranquilo, o para llevarme sus pedazos a casa. Igual me da. Allí estaré.

Yo sí pude despedirme de mi padre cuando agonizaba. El asistente social de mi centro me dijo 27 veces que lo hiciera. Que si no lo hacía, me iba a arrepentir. Y al final fui. Solo para que me dejaran en paz, porque ya hacía mucho tiempo que no creía en nada de lo que pudiera decirme nadie. No me produjo ninguna sensación verle en aquella cama. Era un pellejo entubado y respiraba como un acordeón viejo. Me miró. Durante varios minutos. La enfermera me dijo que estaba muy sedado y que probablemente no me reconocía. Pero por cómo me miró y cómo me sonrió, yo supe que sí me había reconocido. Porque me sonrió. No con una sonrisa de cariño, ni de alivio, ni de felicidad, sino con su sonrisa de “qué cojones harás aquí, pequeño hijo de puta…”

No cuento mucho esta historia. Está en el libro que escribí. Ese que algún día publicaré. Cuando Jon lo leyó en el borrador, me dijo que mi percepción en aquel momento era completamente subjetiva, y que si Nicolás estaba tan chutado de morfina, seguramente su sonrisa no fue más que un gesto puramente mecánico y sin sentido.

Pero yo sé que me reconoció. Y él también lo sabe. Desde el puto infierno donde espero que se encuentre.