Necesito una tarta de cumpleaños

Ya volvió Jon. Como esta vez no podía hablar con él no pude hacerle mi pregunta de cuando ya ha aterrizado en Zaragoza: “¿Qué numerito de llegada me vas a hacer esta vez?” y él no ha podido contestarme como siempre: “El de ir a buscarte y follarte en el coche.” Con ese ritual de encuentros, yo juego a que soy un hombre frío y pasota, y él juega a convertirme en un niño nervioso y excitado. Gana él todas las veces, claro. Me basta oír la palabra “follarte” pronunciada con su voz grave y oscura de garito y bourbon, para que se me erice por completo todo el vello de la nuca.

Ha venido a verme al trabajo. Diez minutos fugaces de besos en el parking de los jefes. Supongo que nos habrán visto desde todos los ángulos. No sé por qué me arriesgo siempre tanto. O sí lo sé. Porque me importa dos cojones hacerlo. Me importan dos cojones los jefes, el parking, las videocámaras, los compañeros, el guardia de la puerta. He desarrollado inmunidad hacia lo que no importa. Qué bien por mí. Jon estaba muy rico de sabor. Se reía. Dientes blanquísimos y de barba incipiente. “Huelo a cabra. Te estoy impregnando de olor a cabra. Terminarás tu jornada oliendo EXACTAMENTE a la misma cabra.” Yo me abrazaba a él. Agarraba con las dos manos la tela de la espalda su chaqueta. Me dejaba arañar las mejillas con la barba. “Sabes muy rico.” “Es sabor a cabra.” No es sabor a cabra, idiota. Qué bien besas. Qué bien hueles. Qué bien sabes.

He salido antes. He dado mi clase veloz. He llegado a casa. Mi suegra había venido a traerme un tupperware de bizcochos. Se ha quedado abajo con los niños. Jon y yo hemos subido a la buhardilla. Nos hemos tirado en la alfombra y hemos hecho el amor en el silencio más, más, más absoluto. Se oye todo desde la buhardilla. Es el control de mandos de la casa. Lo que pasa en la buhardilla, se siente en todas partes. Así que teníamos que estar callados, callados, callados, quietos, quietos, quietos y tener mucho cuidado, cuidado, cuidado. La idea era llegar hasta el sofá, pero nos hemos quedado por el camino. Ese debería ser siempre el sexo que mole. El que te pilla por el camino. El orgasmo mudo ha sido brutal. Como gritar hacia dentro. Creo que se me han descolocado los pulmones. Jon se ha quedado dormido tal cual estaba, tirado en la alfombra. En dos nanosegundos. No le ha dado tiempo ni a expresarse. “¿Tienes hambre?” “Tengo sueño”. Y ya. Frito. Un espartano gigante en pelotas dormido en una alfombra. Le he echado una manta y he estado un rato pasándole los dedos por el pelo. Dibujando el perfil de sus cejas con la yema del dedo índice.

Lo que yo te quiero nunca voy a ser capaz de decírtelo. Ni en siete vidas.