Hoy no me quiero

He corregido dos faltas de redacción que llevaba arrastrando en los dos últimos post. Esta dejadez no me cuadra nada. Creo que es la luna llena. Me ha escrito Vanessa quejándose (no en plan chungo, sino bien) de los huecos de narración que meto últimamente en el blog. Eso de anunciar cosas que van a pasar y luego no entrar para soltar el desenlace, pasándome al pobre que me lea por mis huevos morenos, con un alehop. Me he sentido culpable y mal al leerlo. Sobre todo porque tiene razón. Estoy anárquico y disperso. Lo he estado toda mi puta vida, pero últimamente peto todos los rankings. Y la inmediatez de twitter con el “TE CUENTO LO QUE HA PASADO HOY” no me ayuda mucho. Tengo que ordenarme. Escribo un diario para poder acordarme de todo cuando Jon y yo tengamos noventa años, la próstata como un huevo de pascua y la memoria en un bolsillo, así que tengo que ser más consecuente. Si no, veo que termino teniendo más lagunas que si no escribo nada.

Venga, va. Mañana cuento lo de Gustavo, su familia victoriana y mi visita al hospital.

Ya han hecho en mi departamento las revisiones de sueldo y otra vez han pasado de largo despeinándome el flequillo. Se lo han subido a seis compañeros. Algunos menos antiguos que yo, y con un sueldo superior. No es que me sorprenda. Ya dije que estaba sentenciado y soy consciente, pero no puedo evitar perder mi compostura ninja y desear la muerte lenta por desollamiento a soplete de mi jefe. Las subidas no han sido como para lanzar fuegos artificiales, pero a mí me hubiera valido. Como escalón hacia algún sitio. Hacia uno donde no me sintiera como el último mierda.

En fin…

Para sobrellevar mi frustración absurda me he recorrido 4 km. a la hora de la comida para comprarme medio kilo de palmeritas de chocolate. He sido bastante feliz zampándomelas por el camino de vuelta mientras pensaba en las cosas luminosas de la vida (que son en las que debemos concentrarnos los últimos mierdas). Pero para cuando he llegado de nuevo al trabajo, no solo no se me habían disipado los nubarrones del cabreo salarial, sino que encima se habían sumado al complejo de culpa por haberme puesto hasta el corvejón de grasas saturadas y azúcar chungo. Cuando he ido a hacer pis, el espejo del baño me ha chillado “MALDITO LOOSER, RECUPERASTE 13 KILOS, ESTABAS ESTUPENDO Y AHORA MÍRATE. CANIJO Y GLUCOSADO.”

Jon me había preparado para comer un tupper de judías verdes con zanahoria y otro de filetes de pollo, porque lleva varios días intentando devolverme al redil de la alimentación coherente (en vista de que yo solito no lo hago). He pasado de las judías y me he comido los filetes de pollo, metiéndolos en el microondas con unas 25 lonchas de tranchetes por encima. Luego de postre, he ignorado la piña y me he dedicado a chuparme el dedo y pasarlo por la caja de las palmeritas, para atrapar las últimas miguitas de azúcar glass y chocolate.

Hoy he sido un KO técnico moral para mí mismo. En toda la regla. Así que esta noche que no tengo clase, para desatrancarme el hipotálamo, saldré a correr.

Hasta el bar de la plaza. A ver si aún les quedan bolsas familiares de riskettos.