Frío

Bueno, pues hoy un poco mejor, porque ayer ya tuve mi fase de autodestrucción y casi me pimplo yo solito una botella entera de cava, comiendo ganchitos de una bolsa de kilo. Jon me sacó de una oreja de la cocina, antes de que lo hiciera del todo. Hoy me ha echado una minibronca. Dice que ya no tengo quince años y que de los baches se sale como un adulto. También me ha dicho que si me vuelve a ver comprar ganchitos de kilo, me pone a dormir en la caseta de los perros. Le he preguntado si por lo menos me pondría agua y una mantita y como le ha dado la risa, ha perdido toda su compostura de estricto reñidor de Arieles Nepomuks. Vale. Está bien. No compraré más ganchitos de kilo, ni me beberé botellas de cava sin compartirlas con el resto del mundo. Por ahora no lo haré.

No sé por qué tengo los bajones. Puede que sea el hipotálamo dando por culo otra vez con las hormonas, así que he pedido hora para la neuróloga, pero lo cierto es que yo voto más por el ninguneo laboral haciendo cuello de botella en el corazón hasta explotar en un big bang de no quererme nada, inundándome de arriba a abajo.

O febrero. O que ya estoy pintando demasiadas tortugas. O que he vuelto a adelgazar.

O una mezcla de todo.

Hace un frío brutal. Ponemos la calefacción por las noches para mantener vivo el ecosistema perruno, pero aún así salir de la cama por las mañanas es como una gymcana en el círculo polar ártico. La bomba del agua no tira bien y cuando nos duchamos dos a la vez, impepinablemente a uno le sale el agua fría. Se sabe a quién le toca por los gritos de mecagoendios que se oyen por el hueco de la escalera (eso si soy yo. Si es Jon son hostiaputa-hostiaputa y si es Pedro es más tirando a uyuyuyuy). El porqué solo pasa en invierno y con el agua caliente, es un misterio comparable a las líneas Nazca. Pero ahora lo de ducharse por las mañanas se vuelve casi una competición. Sabemos que el que primero abre el grifo es el que se lleva el calor, así que nos cruzamos los tres en el pasillo mirándonos como Harry el Sucio, pendientes del más mínimo movimiento del enemigo, para salir pitando y ganar el pulso. Jon suele siempre ceder la victoria (y la ducha) porque es espartano, noble y de Gasteiz, pero Pedro y yo vamos a muerte. No se nos ven los pies de lo deprisa que recorremos el escaso metro hacia nuestros respectivos cuartos de baño.

María y Simón están exentos de la batalla porque ambos se bañan por las noches. En eso tenemos suerte. Estoy convencido de que María en esta batalla sería absolutamente invencible. Aunque tuviera que dejar al pulpo de guardia, enganchado al grifo. Ella siempre gana. Nació con el aura victoriosa de los irresponsables.