Martes abisal

Hoy he vuelto a mis clases, a mi jefe, a la parada del autobús, a esperar sentado en los escalones de la puerta de taekwondo, a comer brécol cocido en un tupperware que me preparas con amor en una bolsa que pone Keep Lunch and Carry On, a recorrerme el carril bici de Arroyofresno montado en monopatín, a no tener tiempo para escribirte todos los días. Y encima, ya he perdido tres minutos buscando cómo salir del modo pantalla completa, que ha activado Peyote desparramando su poderoso culo gatuno sobre el teclado. F11. Es pulsando F11. Ya no se me olvidará por lo menos en… doce minutos.

Te gusta jugar a poner fotos mías en twitter. Con algún extraño propósito, además del de tocarme los huevos, supongo. Sonríes y dices “déjame darte aire, hostia”. Darme aire. No quiero darme aire, estoy bien en lo oscuro, con los peces abisales y los calamares gigantes. No estoy hecho para vivir en sociedad. No en esta. Pero me enfado contigo y te ríes con ese deje expirado de cigarrillo y bourbon, y siempre se me termina olvidando el motivo de todo. Del enfado y de la risa. Qué chungo enfadarse contigo. Qué puto imposible. Lo que haré un día será meterme en el equipo de tu despacho y borrar mis kilos de fotos. Un acto terrorista. Y no posar. Nunca más. Nunca más girarme cuando dices “mira hacia aquí.” Esconderme entre los dedos cuando oiga el tic-tlac de la funda de tu cámara. Nadie en mi puta vida me ha hecho tantas fotos como tú. Ni nadie me ha dado tantos besos, así que supongo que es una cuestión de equilibrio y de que debo aguantar unos cuantos gusanos si quiero conocer las mariposas.

Vuelve a hacer frío y yo he estado mirando billetes de avión para Menorca. Me gustaría ir a una isla con la tribu. Una que tuviera mar turquesa. Pero eso lo deseo ahora porque hace frío y el cerebro me funciona de forma regular, claro. Luego vendrá junio, renegaré de mi estampa y del maldito calor y donde realmente querré reservar vacaciones será en Laponia. Sin turquesas, sin dorados y sin puñetas.