Selenitas

Elegí el peor día para ir a trabajar en converse. Salí a tomar café a mediodía para respirar un poco fuera de la cloaca y se me empaparon los pies. Llevo todo el día con los pies mojados y los deditos encogidos. Pensé que quitarme los calcetines y ponerlos en el secamanos del servicio, pero ya me pillaron el otro día probándome un pantalón de pijama y no quiero alimentar mi ya nutrida fama de extraño chico selenita, así que hoy he ido recorriendo los pasillos bajo un bonito soniquete de chipi-chapi. Anteayer decía que no estoy hecho para vivir en sociedad. Creo que tampoco estoy hecho para vivir con lluvia. Me dan miedo los paraguas, no me tapo los pies… Lo que sí llevo controladas son las greñas. Ahora cada jueves, me paso la maquinilla en un brrris-brrrris y me lo dejo al uno o al dos. Al principio era un poco duro para mis orejas, tan poco acostumbradas a la luz y el frío, pero ya me parece algo maravilloso no tener que peinarme, ni secarme el pelo. Ahora paso por el escaparate reflectante de la tintorería y ya no veo perfilarse mi cabezón en disparate. Ahora tengo una cabeza normal con pelos normales. Jon me dijo que parecía un ucraniano. No supe si era un piropo o un sapristi, así que estuve rumiando la duda dos días y luego se lo pregunté. Me dijo que los ucranianos solían ser muy guapos, y entonces pasé otros dos días rumiando celos. Al tercero le volví a preguntar. “¿Tú tratas con muchos ucranianos?” Me miro como el que miraría a una tortuga bailar un mambo. “¿Yo? ¿con ucranianos? Pues… no. Pero… ¿Y esa pregunta?”

Yo qué sé, Jon. Ya sabes que los selenitas no entendemos mucho de equilibrios.