Mesas y montajes

Se me acabaron los días libres (otra vez) y mañana vuelvo a la cloaca. No hay muchas ganas. Me dedicaré a ser constructivo y pensar en Semana Santa.

Hoy me han traído la mesa que pedí por Amazon para comer viendo la tele. Ha habido controversia con la mesa de comer viendo la tele. Jon ve la tele, o Jon come, pero jamás hace las dos cosas a la vez. Dice que es algo que le recuerda a esos matrimonios decadentes americanos que cenan bandejitas precocinadas en mesitas plegables mientras ven La Rueda de la Fortuna. Así que lo de “la mesa de comer viendo la tele” había sido cosa mía y solo mía. La pedí yo solo, la pagué yo solo y la he montado… con Jon, porque yo no sé ni girar un destornillador por el lado correcto. Con nuestra experiencia de la última cómoda de IKEA y sus 20.000 cajoncitos, creí que lo de la mesa sería coser y cantar, pero no. Los cojones (con perdón). La mesa ha resultado ser satánica, las piezas indescifrables y las instrucciones diseñadas y redactadas por un chimpancé ciego borracho y puesto de crack. Al principio hemos empezado en plan amoroso y bien. Con los “quita cariño, que te voy a hacer daño si no lo coges bien…” y los “no, no… te he dicho el de la izquierda mi amor, ese es el derecho…” pero en cuestión de media horita de sostener los putos tablones que pesaban como el escroto disecado de una ballena azul, se nos ha ido la musa del buen rollo y ya hemos terminado directamente en los “PERO TE QUIERES QUITAR DE AHÍ COÑO QUE TE VOY A PILLAR LOS HUEVOS” y los “TU OTRA DERECHA, TU OTRA DERECHA, LA OTRA, ¡¡¡LA OTRA, PORDIOS!!!”

Sea como fuere, afortunadamente no nos hemos quedado mucho tiempo en el formato ira. Sobre todo porque Jon, cansado de tenerme por en medio a lo pepito grillo “esto no es así…” “lo estás haciendo mal…” “vas a tener que desmontarlo…” “eso no está bien encajado…”, no se le ha ocurrido otra cosa que cogerme el faldón de la camiseta, y atornillarlo en una de las estructuras más pesadas con un solo golpe de atornillador eléctrico, dejándome ahí, como el muñequito de un reloj de cuco, dando vueltas sobre mí mismo, ya convenientemente retirado de su campo de trabajo. Ahí él ha empezado a reírse de verme bracear y yo, que quería mantenerme cabreado e iracundo, no he podido más que despollarme vivo, mientras seguía moviendo los bracitos en molinete como una tortuga. Así que nada. La musa del buen rollo ha vuelto, se nos ha pasado la ira confusa, y hemos terminado tirados en el suelo entre planchas de madera, tornillos y papeles, llorando de risa como dos gelipollas. Y menos mal. Porque lo único que se me ocurre peor que un Jon cabreado, es un Jon cabreado con cinturón de herramientas.

Sí. Jon tiene un cinturón de herramientas. Él siempre viene a ser como mi negativo fotográfico hecho hombre.